Nagorno Karabaj

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Continúa la guerra en Nagorno Karabaj. Las noticias indican que el presidente azerí, Ilham Aliyev, apuesta por la vía militar para recuperar este enclave. 

Los europeos aquí ni están ni se les espera, su apoyo a los armenios es puro blablablá. El mayor soporte que les podrían brindar sería reconocer la independencia de la región, pues por mucha menos justificación reconocieron la de Kosovo. Y algunos se preguntarán, ¿entonces dónde está la diferencia? Pues la diferencia está en los 16.000 millones de metros cúbicos de gas azerí que llegan a Turquía y Europa.

En todo caso, de este nido de grillos llamado Europa ya no se puede esperar nada. Lo que sí sorprende más es la pasividad con que, en este caso, está actuando Rusia; más que nada porque desde hace siglos el Cáucaso es su área de influencia e intereses.

El relato del Kremlin es que solo introducirán sus tropas en Nagorno Karabaj si las partes enfrentadas lo acuerdan así, argumento que roza lo esperpéntico. Bakú nunca lo estará. No mientras siga contando con el apoyo militar y decidido de Turquía para recuperar todo el territorio. Porque si allí hubiera un destacamento militar ruso le imposibilitaría tal propósito, en el sentido de que tendría que aceptar un alto el fuego real –y no ficticio como el de ahora–, después sentarse a negociar con Ereván y esperar un resultado poco predecible.

Es obvio que Moscú podría obligar a las partes a negociar. Pero de momento parece no estar por ello. Quizá porque el primer ministro armenio, Nikol Pashinyan, no es “su hombre”. Se dice que no confían en él por haber llegado al poder utilizando una suerte de “revolución naranja” y también por sus escarceos con George Soros. Se rumorea que el Kremlin está apoyando bajo cuerda al “clan de Karabaj”, compuesto por los dos ex presidentes armenios, Robert Kocharian y Serzh Sargsyan, leales a Moscú y originarios de la región. Hay quién opina que ellos podrían estar de acuerdo en ceder una porción del territorio en disputa con la bendición de Putin, con lo cual obligarían a Bakú a bajar el listón de sus demandas y avenirse a un acuerdo. 

Hay muchas teorías. Los hay que incluso sostienen que el presidente ruso está dejando “cocerse a fuego lento”, políticamente hablando, en la caldera de Nagorno Karabaj a los presidentes de Armenia y Azerbaiyán para después él intervenir.

Sea lo que fuere, este conflicto genera algunas preguntas. Una de ellas, quizá la más importante, es la razón de fondo que le asiste al inquilino del Kremlin que le permite a Erdogan enviar a sus “nuevos jenízaros” a Bakú. 

Algunos creen que los límites hasta dónde puede llegar el presidente turco ya fueron trazados y negociados a cambio de concesiones geopolíticas importantes de parte de Ankara en favor de Moscú. Aunque también hay quién afirma que los intereses rusos y turcos no son conciliables ni compatibles, que en algún momento chocarán.

Los que somos aficionados a los rompecabezas geopolíticos nos vemos obligados a movernos en espacios de información reducidos, reinterpretando declaraciones, movimientos, actitudes, visitas, señales que nos dan ciertas pistas para tirar de un posible hilo conductor. Porque los artículos o informes que producen los expertos en los “laboratorios de ideas” no aclaran gran cosa. Más bien confunden. Principalmente porque muchos de esos análisis están construidos sobre visiones sesgadas o escoradas hacia un solo lado –en muchos casos deliberadamente–, con lo cual la información con la que pretenden ilustrarnos debe ser cogida con pinzas.

Ya para terminar. La peor de los conflictos geopolíticos, debido a las ambiciones desmedidas de unos pocos, es el sufrimiento al que es sometida la población que los padece. Y en el caso que nos ocupa es la población armenia de Nagorno Karabaj. Ella es la que soporta el dolor de perder a sus seres queridos y la destrucción física de sus ciudades y pueblos, por lo tanto, merece, como todos los pueblos, incluido el azerí, vivir con seguridad y sin miedo, vivir en paz en una tierra que por haberla usado durante siglos le pertenece. Los estados no dejan de ser creaciones políticas. Al final lo que cuenta son las personas.

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