FRAGA Y CARRILLO

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Los diputados del PNV y de la izquierda minoritaria –BNG incluido– abandonaban el pasado 7 de febrero la sesión plenaria del Congreso para no asistir al homenaje que la Cámara Baja ofrecía a Manuel Fraga, fallecido unas semanas antes en su casa de Madrid. “No seremos cómplices –dijo ya en los pasillos alguno de ellos– de un hombre del general Franco”.

Al tiempo, y en el interior del hemiciclo, el presidente de la Cámara, Jesús Posada, recordaba el “destacado papel” desempeñado por Fraga en la Transición y valoraba su “decisiva contribución a la concordia y la reconciliación de los españoles”. Terminada la lectura de la declaración del presidente, los diputados del PP aplaudieron efusivamente el significado del texto, mientras que algunos socialistas como Alfonso Guerra y Elena Valenciano no lo hacían y los catalanes de CiU permanecían mudos en sus respectivos asientos.

Medio año después ha fallecido otra de las figuras clave de la Transición: Santiago Carrillo. Y aquellos que tantos ascos hicieron ante la memoria de “un hombre del general Franco” no han tenido escrúpulo alguno en participar sin gesto contrariado en un similar homenaje de la Cámara a un personaje que, en palabras del presidente Posada, “contribuyó de forma determinante –sí– al éxito de la Transición y de la democracia parlamentaria”, pero que llevaba sobre sus espaldas no pocas y trágicas sombras de la reciente historia de España.

Pero, como digo, en una prueba más del sectarismo que suele acompañar a la izquierda y aledaños, en esta ocasión no hubo aprensiones ni recelos por parte de nadie para homenajear y colmar de aplausos a un entusiasta estalinista, a un íntimo amigo de un personaje tan poco ejemplar como el dictador rumano Ceaucescu y al más que sospechoso responsable político de las matanzas de Paracuellos.

Sus últimos tiempos como secretario general del Partido Comunista de España (PCE) le llevaron por otros derroteros más conciliadores, tanto por conveniencias estratégicas como por una suave reconversión ideológica. Cierto es que con su aceptación de la unidad nacional, de la Monarquía que representaba don Juan Carlos y de la bandera roja y gualda allanó el camino hacia la legalización del PCE y contribuyó de forma muy notable a reconducir por la senda constitucional al único partido de izquierda preparado y cohesionado para los nuevos tiempos que se abrían. El mejor ejemplo de la disciplina y obediencia con que sus mesnadas le seguían fue para mí el comportamiento sereno que impuso en las tensas horas que sucedieron a la matanza de los abogados laboralistas de Atocha.

La historia, sí, hay que contarla. Pero en un país tan dado al elogio excesivo cuando alguien desaparece de la escena pública, es de justicia obligada contarla entera.

FRAGA Y CARRILLO