OCHO AÑOS DE AFONÍA SINDICAL

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Parecía una consigna. Cada vez que el locutor o locutora de turno se referían a los piquetes, uno u otra –Telediario del mediodía del miércoles en TVE– añadían sistemáticamente lo de “informativos”.

La verdad es que, luego, en las imágenes que acompañaban a la información los piquetes no hacían gala de su teórico y gratuito apellido, sino que se comportaban según su habitual proceder: violencia y coacción. Es decir, que explicaciones sobre los motivos de la convocatoria ofrecían más bien poca o ninguna. Lo de siempre.

No sé, sin embargo, por qué una vez más la información oficial y oficiosa ha insistido tanto en la supuesta “normalidad” de la jornada de huelga. Tal vez para minimizar el alcance de la misma ante la opinión pública. Normalidad en la anormalidad, en todo caso, habría que decir, como bien lo atestiguan los 160 detenidos y los 74 heridos, 43 de ellos policías.

Al margen de la tradicional guerra de cifras de seguimiento –unos tanto; otros tan poco–, lo que se palpó en la calle es que la huelga no alteró más de la cuenta el discurrir ciudadano. Y así lo confirmó el único medio objetivo, fiable, de medición, cual es el consumo de energía. ¿Conclusión?: que las grandes centrales sindicales de clase convocantes y sus líderes cosecharon el mayor fracaso de las recientes huelgas generales en nuestro país. Por eso, hay quien dice que los sindicatos deben ir ya revisando sus rutinas a la vista de que la gente prefiere trabajar antes que sumarse a este tipo de huelgas. Y más, en estos tiempos de penurias.

Otra cosa fueron las manifestaciones, mucho más concurridas, en las que confluyeron la izquierda política toda, colectivos antisistema habituales y un buen número de ciudadanos, irritados éstos como están por las políticas restrictivas que, según su saber y entender, el Gobierno se ha visto obligado a poner en marcha para corregir el rumbo de la maltrecha herencia que recibió.

Por todo ello resulta pasmoso que después de ocho años de afonía persistente, a los sindicatos de clase se les haya soltado de repente la lengua, hasta el punto de haberle convocado al Gobierno del Partido Popular dos huelgas generales en menos de un año . Y eso, después de haber sido corresponsables –como “vices” oficiosos que fueron del zapaterismo– de unas políticas cuyos gravosos efectos ahora se pretenden reconducir. Es decir, que de alguna manera convocaron a la ciudadanía contra sí mismos.

El Gobierno, finalmente, ha descartado asumir el mandato constitucional de elaborar una ley que regule el derecho de huelga. ¡Con la algarabía que se iba a montar!, deberá de haber pensado el presidente Rajoy. “Mellor non menealo”, ha concluido. Tal vez con razón.

OCHO AÑOS DE AFONÍA SINDICAL