de Dachau a Bruselas

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Primero vinieron a buscar a los comunistas y no dije nada porque yo no era comunista. Luego vinieron a por los judíos y no dije nada porque yo no era judío. Luego vinieron a por los sindicalistas y no dije nada porque yo no era sindicalista. Luego vinieron a por los católicos y no dije nada porque yo era protestante. Luego vinieron a por mí pero, para entonces, ya no quedaba nadie que dijera nada.
Martin Niemöller, pastor luterano alemán, autor de este poema, estuvo preso en los campos de concentración de Sachsenhausen y de Dachau desde 1938 hasta 1945, a instancias de Heinrich Himmler por su oposición al régimen. Su poema nos habla del silencio ante las tiranías y los abusos de poder. Pone de manifiesto la complicidad de una ciudadanía que profesa el “que protesten otros, a mí no me afecta”. Conviene recordar el poema cada cierto tiempo ya que la Historia nos habla de pueblos condenados a repetirla. Han cambiado los actores, los nazis del siglo XXI han modificado su paranoia, pasando del antijudaísmo a la xenofobia sin ADN definido. Simplemente sucede que, ahora, a las cámaras de gas se les llama  porcentajes de deuda. 
La noche de los cristales rotos ha pasado a convertirse en años de miseria colectiva, con una minoría privilegiada que morirá de éxito, pero carente de toda ética. Aquellos “camisas azules” que pisaron cristales pasados, ahora se visten de negro, actúan y desfilan al paso de la oca financiera, triturando con sus botas, de la marca Troika, toda posibilidad de recuperación de los derechos colectivos para una sociedad exprimida hasta el máximo. Para estos SS de nuevo cuño todo aquello que no es susceptible de tasar y no cotiza en bolsa, simplemente, no existe.
Algo huele a podrido en Dinamarca. En su Parlamento se ha instalado el germen nazi, aprobando leyes vergonzosas que recuerdan lo peor de aquella Alemania de los años 30. Una fiebre xenófoba se está extendiendo por Europa con el apoyo entusiasta de los “neocon” y la aquiescencia de una ciudadanía temerosa de perder sus privilegios y condenada, por su memoria de pez, a repetir la Historia por la que juraron no volver a transitar. De Francia a Hungría, de Noruega a Polonia se expande una pandemia que intenta cerrar sus fronteras, sellarlas hasta el paroxismo, sin acertar a entender que eso significará la muerte de un continente, por asfixia ética y envejecimiento galopante. 
La masificación de las redes sociales produce espejismos indeseables. Nos creemos poseedores de la verdad cuando, en realidad, estamos contaminados por el virus de la “intoxicación de redes”. Nos creemos libres sin darnos cuenta de que somos rehenes de nuestros propios egoísmos miserables. Capaces de compartir millones de veces, en las redes, un vídeo jocoso y, sin embargo, pasar de puntillas por foros y noticias “con pedigrí social”. Siempre nos quedará: “que protesten otros, a mi no me afecta” o bien “Pasopalabra”, más televisivo pero de similar cobardía. ¿Es eso lo que les dirá a sus nietos cuando le pidan explicaciones? Vuelvo a Niemöller, en 1982, cuando a los 90 años dijo que había comenzado su carrera política “como un ultra conservador que aspiraba al regreso del káiser y ahora era un revolucionario; si llego a los cien años, es posible que me convierta en anarquista”. Les recomiendo que recuerden siempre el último verso: 
Luego vinieron a por mí pero, para entonces, ya no quedaba nadie que dijera nada.
 

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