EL SESGO MEDIÁTICO Y SUS CONSECUENCIAS

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Desde la antigüedad la desinformación siempre jugó un papel importante. Ya Platón en su “República” habla de la mentira “piadosa” como un componente importante del Estado. Y Sun Tzu –en el “El Arte de la Guerra”– decía que el engaño en las operaciones militares, además de ser efectivo contra el enemigo, servía para engañar a las propias tropas para que éstas siguieran a sus comandantes sin rechistar. Así que, la manipulación y el engaño no son nada nuevo. Vienen de lejos.
Hoy los conflictos y las guerras muestran dos realidades: la que está sobre el terreno y la que fabrican los “mass-media”. Por norma general las dos están demasiado alejadas entre sí. La creada por los medios casi siempre responde a objetivos geopolíticos para cambiar artificialmente la realidad. Ucrania fue un ejemplo. Los medios occidentales no enviaron reporteros a las zonas del conflicto, lo que demostró claramente que no tenían interés en que se supiera la verdad de lo que estaba ocurriendo. La información que suministraban era la del gobierno de Kiev, unas autoridades nacidas a la sombra de un golpe de Estado. Lo peor de la tragedia ucraniana no es que los occidentales ignoren lo que allí sucedió, lo que había detrás de aquella esperpéntica revolución, sino que la mayoría de los ucranianos nunca lo sabrá. 
La desinformación no consiste sólo en fabricar o manipular una determinada agenda política o bélica. No. También reside en la omisión de noticias, en el “apagón” informativo. Si se silencia algo, que por diferentes razones no conviene airear, entonces no existe ese “algo”. Es decir, si algo no se hace visible no ocurre.
La censura moderna pone a funcionar  esquemas de presión psicológica en los cuales el periodista o reportero tiene que autocensurarse. Es un “requerimiento” no escrito para conservar el puesto de trabajo, algo perverso. Mucho más inmoral que el que ejercen las dictaduras. Al menos éstas no disfrazan la censura, sino que la aplican abiertamente. No utilizan la democracia. Así que, el término “opinión pública” es relativo. ¿Qué opinión?, ¿la construida sobre la manipulación y la desinformación? Esa no es opinión, es otra cosa. 
Entonces, ¿cómo obtener información que no esté “contaminada”? No es fácil. A pesar de que nunca hubo tanta información disponible al alcance de los ciudadanos. La única manera de llegar a obtener información “descontaminada” es utilizando diferentes fuentes. Después analizarla y ponderarla, para así poder llegar a una conclusión razonable. Es la única manera de acercarse a la verdad, al escenario real de los acontecimientos.
En el campo de la desinformación se están utilizando infinidad de instrumentos. Como la rumorología, la construcción de falsas historias, la utilización de fuentes anónimas para difundir noticias fraudulentas o adulteradas, etcétera. Todo ello forma parte de una escenificación, de un guión que se utiliza ex profeso para derribar gobiernos o desgastar a figuras políticas incómodas. Lo importante no es llegar a la verdad, sino proteger a ciertos grupos. En el escenario desinformativo se usa también el falso debate, básicamente en televisión. En la mayoría de los platós las discrepancias no son lo que aparentan ser, casi nunca van al fondo del problema quedándose en la superficie. Lo cual significa que en los grandes medios no tienen cabida los intelectuales ni los analistas independientes,  éstos sólo pueden ser leídos o escuchados en medios minoritarios.
Como decíamos al principio, la desinformación es un arma utilizada desde hace siglos. Pero hoy debido a los avances tecnológicos en las comunicaciones, se ha vuelto masiva, alcanzando cotas inimaginables. Los grandes grupos mediáticos sirven al poder, de hecho son parte del poder. Construyen una visión del mundo –interesada, claro– que es trasladada a los ciudadanos; su “misión” es que éstos vean los problemas políticos, sociales y geopolíticos a través del cristal de esos grupos. 
Sin duda, estamos ante un maremágnum desinformativo, un poderoso instrumento para eliminar toda crítica. El propósito es imponer el pensamiento único. 
 

EL SESGO MEDIÁTICO Y SUS CONSECUENCIAS