EL NAUFRAGIO DE UN PARTIDO

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Seguramente la época en que vivimos pasará a la historia como una de las más corruptas de todos los tiempos. La democracia está siendo empujada hacia las cloacas por un enjambre de políticos sin escrúpulos, que lo único que buscan es su propio enriquecimiento personal. Tales despropósitos se han generalizando tanto que –en buena medida– ya forman parte de la catadura moral de un gran número de políticos.

Aun así –y dentro de esta decadente democracia– cada partido tiene su propio proyecto. El PP tiene uno ultra neoliberal. Y los nacionalismos periféricos –de cualquier signo– el de conseguir la independencia de sus respectivos territorios. Pero existe un partido que se ha quedado sin ninguno –exceptuando el de volver al poder. Ni siquiera tiene una concepción clara del país que desea. Ese partido se llama PSOE. Seguramente Pablo Iglesias, su fundador, se quedaría estupefacto ante ciertos comportamientos políticos de algunos de sus herederos. ¿Cómo es posible que un partido centenario –con profundo arraigo en la sociedad española– haya podido llegar a tal grado de confusión?

Es obvio que son varios los factores que convergieron para llegar a esta debacle, entre ellos el vacío ideológico que sufre la socialdemocracia europea. Los partidos, que una vez fueron socialdemócratas, hoy están devaluados. Sus promesas no seducen, puesto que siempre las incumplen. La prueba la tenemos en el Partido Socialista Francés (PSF); millones de sus conciudadanos esperaban de Hollande otra política. Además, él era la esperanza para los europeos del sur, entre ellos los españoles, pues hasta Mariano Rajoy deseaba fervientemente –aunque no lo dijera en público– que el nuevo Gobierno francés tuviera una posición más digna frente a Merkel. Pero nada de eso ocurrió, plegándose a los designios de la teutona. Y no sólo eso, se doblegó ante los grandes intereses. Y si un Gobierno socialista, en una nación como Francia, que tiene otro peso en el concierto europeo del que carecemos nosotros, no hizo absolutamente nada, ¿puede ser creíble la oferta de Rubalcaba? Definitivamente, no. Sólo los incautos, o los aspirantes a cargos públicos, pueden llegar a creérsela. Y los últimos tampoco se la creen, simplemente hacen “marketing” en beneficio de sus intereses.

Hoy la única oferta real que puede ofrecer el PSOE es el “kit” redactado por Berlín. Sus dirigentes pueden esconderla detrás de frases populistas, pero nos estarían engañando a todos. A esto debemos añadir el “totum revolutum” que reina en las filas del partido, agravado por la permanencia en la dirección de algunas caras que formaron parte del equipo de ZP. Con lo cual, hace que la oferta tenga todavía menos credibilidad.

Aunque lo peor que le está ocurriendo a ese partido –aparte de haber perdido sus señas de identidad ideológica y de seguir siendo gestionado por una dirigencia desacreditada– es la ausencia de un proyecto de país. Lo que está sucediendo en Cataluña con el PSC pasará a los anales de la historia como un auténtico esperpento. Hablan de un proyecto federal, que nadie sabe bien de que se trata. Y de una Cataluña con soberanía compartida, que todavía se entiende menos. Lo que está sucediendo en la socialdemocracia española es digno de una novela valleinclanesca –por decirlo de la manera más suave–. Ningún ciudadano podría tomarse en serio tales desatinos.

El PSOE, desde su fundación en 1879, ha sido un partido que estuvo en contra de cualquier idea secesionista. Por lo tanto, si quiere seguir manteniendo un mínimo de coherencia y cordura política, tendría que seguir apoyando firmemente y sin titubeos esa posición. Pero en los últimos tiempos el partido se ha desdibujado tanto, que la confusión reina por doquier dentro de sus filas.

El problema es grave, puesto que afecta a todos los ciudadanos. Y España necesita un partido de oposición coherente y fuerte; pero sobre todo, con un proyecto claro de país. Si el PSOE llegara a naufragar por completo –y su espacio no fuera ocupado por otro partido de izquierda– podría ser nefasto para el futuro de este país.

 

EL NAUFRAGIO DE UN PARTIDO