Nos envenenan y no nos interesa

|

En la sociedad de la información, de las redes sociales, del mundo globalizado, nada debería ser desconocido. Sin embargo, como todo transcurre con demasiada rapidez, se nos escapa lo más básico: la protección de la salud. Al hilo del escándalo Volkswagen, nos sorprende todo lo que rodea a la industria del automóvil. Ya sabíamos que los coches contaminan y que su emanación de gases afecta a la salud. Desconocemos en qué grado o sus consecuencias, aunque esto es algo que no importa. El que fabrica no lo cuenta porque depende de su economía. No lo dice el que comercializa el producto. Y, como todo, el consumidor tampoco presta demasiada atención al tema porque en el mundo del escepticismo lo que no se ve no existe. 
En temas de contaminación ambiental la  legislación es  muy laxa, permitiendo emanaciones de gases que con una alta concentración de vehículos podrían provocar la muerte. Y esto seria así, aunque cada vehículo emane gases dentro del marco legal permitido. Es evidente que la estrategia seguida en la industria automovilística a nivel mundial ha sido retrasar en la medida de lo posible las medidas que reducen el impacto ambiental. Y se ha retrasado porque el parámetro económico prima más que la salud de los habitantes, que de algo tienen que morir. 
La principal fuente de contaminación en áreas urbanas, que es donde, además,  se concentra la mayor parte de la población, es el tráfico rodado. Este daño ha sido asumido y costeado por todos. Ahora, a raíz del tema de Volkswagen se hace evidente que nos han estado engañando, y el tema se juzga bochornoso e inmoral. 
Las normativas de control de emisiones de los automóviles se efectúan con dos finalidades: por un lado, limitar las emisiones de gases tóxicos, perjudiciales para la salud (partículas, óxidos de nitrógeno, etc.), y, por otro, reducir las emisiones de gases de efecto invernadero (sobre todo dióxido de carbono, CO2) que están provocando el cambio del clima. Los últimos estudios cifran en 450.000 el número de muertes prematuras anuales en la UE por la mala calidad del aire. Y esto,  a su vez, tiene un coste que asume toda la sociedad,  y  no la industria del automóvil. Los estudios realizados ponen de manifiesto que el primer riesgo prevenible en los cánceres hormonales (de mama, de próstata, de tiroides, ginecológicos,...) es la exposición química ambiental. 
Tenemos un problema que combina las amenazas a la salud pública (fabricar vehículos que exceden en más de cuarenta veces las emisiones permitidas por la ley) con el fraude a los usuarios (comercializar más prestaciones de las que los vehículos podían tener cumpliendo las normas),  y  la publicidad engañosa (utilizar el argumento del respeto al medio ambiente cuando, en la práctica, se hace lo contrario). Todo, con absoluta premeditación y alevosía. En este caso, se había creado  un software específico para detectar los test y falsearlos. En términos prácticos, el motivo ha sido no encarecer el coste del vehículo y con ello incrementar las ganancias de la marca. Como siempre, el dinero está detrás de todo fraude. 
La acumulación de industrias, automóviles y otras fuentes de contaminación ha cumplido con aumentar la producción de bienes, pero a un enorme coste social, ya que ha originado una contaminación del ambiente que es incompatible con la salud y la supervivencia del ecosistema. 
La evidencia científica demuestra que estas sustancias están avanzando sin descanso alrededor de la Tierra, en el agua, el aire, el suelo, los animales, la comida, el comercio, las personas y nuestros propios genes. Los investigadores han encontrado productos químicos tóxicos de forma rutinaria en aves, peces, mamíferos y otras formas de vida que nunca han tenido contacto con los seres humanos. 
Y, para rematar, la información a la ciudadanía por parte de los gobiernos no es la adecuada ni ajustada a la gravedad del asunto. Dicho de otra manera: Nos envenenan y no nos interesa. 
Emma González es abogada

Nos envenenan y no nos interesa