El desafío griego

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La economía no es una ciencia exacta, aunque ciertos paquetes económicos los imponen como si lo fuera. Desde Bruselas dicen que no hay alternativas a la “solución” merkeliana, lo cual demuestra que una mentira repetida mil veces –como decía Joseph Goebbels– se convierte en una verdad.
Se habla, erróneamente, de un enfrentamiento entre Atenas y Europa. No existe tal cosa. Lo que hay es un enfrentamiento entre el Atenas y Berlín, que no es lo mismo. Eso de que “lo dice Europa”, de que “lo manda Europa” no deja de ser una pantomima, un mecanismo que Alemania utiliza inteligentemente para esconder su responsabilidad. Dejémonos de cuentos, quien manda en Europa es Alemania.
Eso explica que haya gente que crea que el gobierno de Alexis Tsipras no podrá llevar a cabo lo que prometió. Sin duda, es una lucha de David contra Goliat. Sin embargo, a veces ocurre, sobre todo en política, que lo que parecía imposible se vuelve posible. No olvidemos que la política es un juego de poderes, de equilibrios, de balances, de contrapesos. Se dice que el destino reparte las cartas, pero que somos nosotros los que las jugamos. Así que, de que se jueguen bien o mal ya no depende del destino. Y eso también es extrapolable a la política.
En principio, el gobierno griego –aunque todavía no sabemos cómo acabará la partida– está demostrando que sabe jugar las cartas. Y Moscú es una de sus cartas. Putin ofreció ayuda a Grecia un poco antes de las elecciones del 25 de enero. Pero vayamos por partes. Primero, independientemente del significado geopolítico que pudiera tener dicha oferta, no hay que olvidar que entre Grecia y Rusia existen lazos históricos y espirituales importantes. De hecho, en Grecia no existen sentimientos anti-rusos. Fue muy significativo que, inmediatamente después de haber tomado posesión del cargo, Alexis Tsipras se reuniera con el embajador ruso.
Aunque fue un acto simbólico el mensaje fue claro: que el nuevo Gobierno tenía un “as” guardado. Quizá su “Plan B”. No nos engañemos, sin esa carta Atenas no tendría nada que hacer, quedaría literalmente aplastado por la “Wehrmacht” germana. Si, finalmente, doña Merkel se digna a negociar, no es porque haya cambiado de parecer, o esté iniciando un “noviciado”, sino porque está realmente asusta por un posible acercamiento de Atenas a Moscú.
Si Grecia fuera expulsada del euro sentaría un mal precedente en la eurozona, pues abriría las puertas para que otros miembros –si las cosas siguen empeorando– decidieran marcharse. Además, en un escenario así, Atenas podría solicitar la entrada en la UEE (Unión Económica Euroasiática) que lidera Rusia, lo cual significaría abandonar la UE y también la OTAN. Causaría un verdadero terremoto.
De momento Berlín está tanteando la situación, posiblemente quiere  saber si Atenas va de farol. Si confirma que no es así, que va en serio, entonces hará concesiones, si es que no las está haciendo ya. Esa es la razón por la cual doña Merkel está teniendo cierta “paciencia” con el Gobierno de Tsipras. Sin duda, si la Canciller flexibiliza su postura, su equipo hará que no lo parezca. Así, su prestigio quedaría intacto. No se resentiría.  
Acabe como acabe la partida, lo que está ocurriendo no deja de ser un duro golpe para la “intocable” Troika, pero sobre todo para Berlín. Se está cuestionando la “obediencia debida” a los poderes germanos. Quizá sus efectos no se perciban inmediatamente, pero se reflejarán en el futuro.
En todo caso, la deuda griega –como la española y la de otros países del sur de Europa– es simplemente impagable. Cualquier gobierno responsable, serio, que no sea lacayo, sabe perfectamente que una gran parte de esa deuda, por no decir toda, tendrá que ser condonada. Es cuestión de tiempo.
Grecia se enfrenta a una situación difícil, complicada. No obstante, parece ser que su Ejecutivo no se deja intimidar –al menos de momento– ni por Bruselas ni por Berlín. Tsipras, Varoufakis y los demás saben que Europa perderá si Grecia es expulsada del euro. Pero quizá sea Grecia, paradójicamente, la que menos pierda.

 

El desafío griego