LA VIDA ES UN CUENTO

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“La vida es un cuento” es el título del último libro del escritor chileno, de ochenta y seis años, Alejandro Jodorowsky, que recopiló más de 400 cuentos y que, según él dice, “los cuentos me salvaron de morir cuando era niño”. De ser eso cierto, puede decirse que gracias a que los cuentos le salvaron de morir, pudo vivir para salvar los cuentos.
Pero la afirmación anterior no le autoriza para frivolizar sobre la vida ni pensar que la vida es un cuento; antes al contrario, la experiencia nos demuestra a diario que es difícil “vivir del cuento” y que la vida es un desafío constante al que hay que enfrentarse con esfuerzo y sacrificio. La vida de las personas está hecha de aventura y proyecto; lo primero, por lo incierto del vivir y lo segundo, porque una vida sin proyecto es prácticamente una vida muerta.
Pero tampoco “la vida es sueño” como pensaba Calderón por boca de Segismundo, pues también es difícil vivir soñando, cuando la realidad exige determinación y valor para vencer las dificultades y problemas que se le plantean en la vida a las personas y a la sociedad. Más que un sueño, la vida es en muchos casos un mal sueño o una pesadilla. 
El cuento, como relato oral propio de la infancia, tiene una gran dosis de fantasía e imaginación que despierta el interés del niño presentándole aspectos de la vida gratos y agradables, sin las desgracias y calamidades que la acompañan. Es, diríamos, una “visión edulcorada” de la existencia humana y que, a medida que la persona se desarrolla y se hace adulta, comprueba la  irrealidad de lo que en su niñez se le decía en los “cuentos”.
El cuento se ve favorecido por la inocencia e ingenuidad del niño que, sin experiencia de la vida, no acierta a deslindar con nitidez lo cierto de lo fabuloso; lo real de lo fantástico o imaginario, y es fácilmente impresionable y receptivo a narraciones heroicas y hazañas inverosímiles. Los recuerdos de la infancia se incorporan como segunda naturaleza del ser humano, pasando a formar parte de la misma; pero no siempre merecen nuestra aprobación y sí, en algunos casos, rechazo o reprobación.
Tampoco es afortunado ofrecerle al menor un “futuro de rosas” cuando en el camino de la vida se va a encontrar con numerosas “espinas”.
Enseñar a la infancia cuentos edificantes y que merezcan el reconocimiento social, es despertar en la mente infantil el sentido del deber y de la responsabilidad.
Es evidente que ni se vive de sueños ni se sueña despierto. Por lo tanto, el hombre tiene que estar vigilante o atento a todas las circunstancias que le rodean, para hacerles frente y no claudicar ante ellas.
Ni la frivolidad ni el pesimismo son las coordenadas de la vida humana. Como decía Ortega “la vida que nos ha sido dada, no nos fue dada hecha. Tenemos que hacérnosla”. Por ello el hombre es, a la vez, autor y actor de su propia vida.

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