Cadena perpetua

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Aunque asesinados en fechas diferentes, la casualidad hizo que coincidieran en el tiempo los hallazgos de los cadáveres de Diana Quer y del pequeño Gabriel, gracias a la profesionalidad de la Guardia Civil. Desgraciadamente, la presión mediática está jugando un papel decisivo para preocuparnos y atemorizarnos, llegando a poner en riesgo las investigaciones policiales para el esclarecimiento de los hechos y la detención de los culpables. Los padres y abuelos de niños y niñas somos especialmente sensibles porque los vemos indefensos ante semejantes predadores. 
En este clima, se desarrolló un agrio debate en el Congreso de los Diputados sobre la derogación de la prisión permanente revisable, donde se echaron de menos razones dentro de un debate sereno y sobraron insultos, además de abusar de la desesperación de las inconsolables víctimas. Da asco la mediocridad política que, últimamente, está instalada en España.
La Constitución que nos dimos está fundamentada en una sociedad democrática y compasiva, nunca vengativa, por eso establece que las penas privativas de libertad estarán orientadas hacia la reeducación y reinserción social. 
También, es verdad que el sufrimiento por el azote del terrorismo hizo que nos adentráramos en un camino de endurecimiento de las penas, hasta un máximo de 40 años. 
Y, todavía, echó más leña al fuego conocer las intuiciones del asesino confeso de Diana de que en poco tiempo alcanzaría el tercer grado y saldría de prisión, agravando más nuestros miedos, que confunden los años de condena  con el régimen de grados de los prisioneros. 
Necesitamos un debate sereno sobre la prisión permanente revisable aprobada por el PP en solitario sin contar con el criterio del resto de los grupos parlamentarios y en contra de la opinión publicada de la mayoría de los penalistas, ya sean jueces, catedráticos o abogados. Para empezar a habar, es necesario decir, claramente, que lo que se pretende con el eufemismo prisión permanente revisable es que el reo no salga de la cárcel mientras viva, que esté condenado a perpetuidad. Su nombre, cadena perpetua.
También, nos debemos preguntar si la reforma realizada nos protege más, nos hace más libres o nos convierte en ciudadanos menos civilizados, especialmente, en un país que ya tiene una de las graduaciones de penas más altas.
Este es uno de los temas que necesitan un especial consenso político, que transciende más allá de los deseos y opiniones de un partido, alejándolo de los momentos de dolor individual y colectivo para enfocarlo con serenidad y la participación de penalistas, víctimas y la Administración de Justicia.
ramonveloso@ramonveloso.com

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