Amigos y enemigos

|

Diderot decía, que del fanatismo a la barbarie sólo media un paso.   El fanatismo se podría describir como un estado mental irracional en el cual las personas pueden llegar a cometer actos atroces, grotescos, que es lo que están haciendo las tribus de jóvenes de la yihad islámica. 
Las personas que mueren bajo las balas o las bombas terroristas no tienen nacionalidad, es decir, no importa si son francesas, españolas, alemanas, sirias, norteamericanas o rusas, o de cualquier otra nacionalidad. Es importante entender que las acciones de esos grupos de fanáticos no van contra los valores occidentales, como algunos glorificadores del eurocentrismo decimonónico quieren hacernos creer, sino que son actos que van contra la humanidad y la civilización mundial.  
En todo caso, el terrorismo yihadista no se terminará ni con condenas, ni con protestas multitudinarias, ni cantando la marsellesa, como hizo un grupo de ciudadanos franceses bien intencionados al momento de ser evacuados del Stade de France, ni militarizando las calles del país galo, ni siquiera lanzando bombas sobre la ciudad siria de Raqqa. El terrorismo se terminará cuando no tenga patrocinadores que lo financien, cuando se señale directamente a los dueños de la “hucha”. Sólo así se podrá hablar de una lucha seria y coherente contra el yihadismo. En la cumbre del G-20, celebrada en Turquía el pasado lunes, Putin dijo que la financiación del EI proviene de 40 países, varios de ellos del G-20. Se da casi por sentado que el presidente ruso hablaba de donantes provenientes de Arabia Saudí, Emiratos Árabes y Qatar, entre otros. “Oficialmente”  los yihadistas se financian de la venta ilegal de petróleo, del robo de bancos,   de museos expoliados, del pago de rescates, sin embargo, según algunos analistas, eso no sería suficiente para mantener decenas de miles de terroristas bien pagados, alimentados y armados. Según la revista Forbes, el EI es la organización terrorista más rica del mundo, con unos ingresos cercanos a los 2.000 millones de dólares anuales. Esto nos lleva a pensar que, además de las fuentes de financiación mencionadas, perciben ingresos de otros lugares, individuos u organizaciones. 
Se rumorea que –a raíz de la intervención rusa en Siria– miles de yihadistas están siendo evacuados de ese país y transportados en aviones turcos hasta Yemen, país que está inmerso en una terrible guerra civil en la cual están involucrados saudíes y cataríes. De ser cierto, sería gravísimo puesto que Turquía es un aliado de Occidente. Aunque no hay que descartar nada, no olvidemos que el señor Erdogan hizo la vista gorda cuando miles de terroristas cruzaban la frontera sur de su país para entrar en Siria. Eso era vox pópuli, pero en Occidente callaban. El objetivo era acabar con Assad. No importaba si lo hacía EI, el ELS o el sursuncorda.  
Marine Le Pen, la líder del FN, dijo después de los atentados de París, que Francia debe determinar cuáles son sus aliados y cuáles sus enemigos, afirmando que sus enemigos son aquellos países que mantienen relaciones con el islamismo radical o que tienen una actitud ambigua hacia los atentados terroristas. Se puede discrepar de ella en muchas cosas, pero hay que reconocer que su razonamiento es incontestable. Los hechos  demuestran que existe una gran confusión sobre este tema, o nos confunden aposta. Hubo gobiernos se dedicaron a arrimar la brasa a su sardina en beneficio de no sabe qué intereses. Sin duda, hay mucho oscurantismo detrás de todo esto.
El primer ministro francés, Jorge Valls, dijo que el atentado de París fue planeado en Siria, ¿cómo lo sabe con tanta certeza? Sorprende. Si los servicios de inteligencia franceses son tan “buenos”, entonces, ¿por qué no supieron prevenirlo? Los que nos gobiernan mienten tanto –en estos temas y en otros– que su credibilidad está bajo mínimos. Son como el cuento infantil del pastorcillo y el lobo.
Lo ocurrido en París debería servir –vamos a ver si es verdad– para que los gobiernos se den cuenta de que los yihadistas cruzaron el Rubicón hace tiempo.  

Amigos y enemigos