A buenas horas

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ace unos días Putin visitó Francia invitado por Macron. Durante el encuentro hablaron de las relaciones bilaterales y también de los conflictos ucraniano, sirio y libio. Nada nuevo.
Lo único novedoso fue la condición que puso el francés: si Rusia quiere volver a estar en el antiguo G-8 ha de alejarse de China. Ante semejante ocurrencia es posible que el ruso hiciera un gran esfuerzo para no reírse, por la sencilla razón de que, como reza el dicho popular, tal exigencia no la haría ni el que trató de asar la manteca. 
 Primero, porque después de la aparición de China en la escena económica mundial ese “club”, ahora el G-7, perdió su capacidad y también su encanto, convirtiéndose en una reliquia del pasado que se resiste a desaparecer. Y segundo, que ya es demasiado tarde para frenar el acercamiento de Rusia con el gigante asiático; en esa relación ya no cabe la marcha atrás.
El caso es que en la última reunión del G-7 celebrada en Biarritz hasta el mismo Donald Trump insistió en invitar a Rusia a la próxima cumbre en Miami. Por su parte, el presidente ruso también invitó al grupo a Moscú para celebrar allí el próximo aniversario de la Gran Guerra Patria. Lo más probable es que todo se quede en nada.
La realidad es que la asociación estratégica con China le está brindando a Moscú un gran poder, incluso le está permitiendo controlar varios frentes geopolíticos a la vez, entre ellos el que se libra en el campo europeo. Es obvio que eso está contribuyendo a cambiar la correlación de fuerzas en muchas partes. 
La realidad está cambiando. Para el mundo occidental la situación no es la misma que la de los primeros años tras la caída del campo socialista. Desde aquellos tiempos han ocurrido muchas sorpresas. La primera, la aparición de China como jugador mundial, un jugador que cada día se hace más poderoso. Y la segunda, el resurgimiento de Rusia como superpotencia militar y geopolítica. Su gran salto tecnológico en materia de armas hipersónicas –algunos expertos militares hablan de un adelanto de diez años a Occidente– la convierte en un jugador decisivo. Y Putin es consciente de ello y juega sus bazas. 
El mundo ya no es el mismo. Lo curioso es que algunos políticos en Europa siguen aferrándose a organizaciones y clubes como el G-7 que ya no tienen el poder que un día tuvieron y se niegan a aceptar la nueva situación, desconcertados y sin saber hacia dónde tirar. Todavía piensan que, una vez que Trump abandone la Casa Blanca, las aguas volverán a su cauce. Y ese es el problema: debido a los errores cometidos, difícilmente las cosas vuelvan a ser como eran.
Por lo tanto, la propuesta que Macron le hizo a Putin carece de sustancia, rozando la línea de lo absurdo. El ruso dijo una vez que desde que murió Gandhi no quedaba nadie con quien hablar, lo que nos da una idea aproximada de la visión que él tiene de algunos de sus contrincantes. 
Casualmente, antes de terminar de escribir este artículo leemos un titular en el que Macron reconoce abiertamente que la hegemonía occidental ha llegado a su fin. Parece que el presidente, tras la última reunión del G-7, llegó a esa lapidaria conclusión, añadiendo en sus declaraciones que los occidentales habían cometido muchos errores. Dijo que las cosas cambian, que China estaba en primer plano y que la estrategia rusa lleva varios años con un éxito cada vez mayor. 
Independiente de que el presidente ruso pueda caer mejor o peor, la mayoría de los expertos coinciden en que es un verdadero maestro en el tablero del ajedrez geopolítico. Un jugador consumado que nunca pierde los nervios y que sabe esperar. 
En términos ajedrecísticos es el típico jugador que sabe cuando atacar, que nunca descuida las defensas y que maneja a la perfección alfiles y caballos. Y que, además, no le gusta utilizar el jaque mate, sino que prefiere que el adversario se rinda antes. Curioso esto último. 
En suma, volviendo al encuentro entre ambos presidentes, éste fue como una suerte de charla distendida entre amigos, de esas que nunca logran resolver nada. Sin embargo, en ese aparente desenfado cada uno sabe perfectamente lo que está ocurriendo a su alrededor. 

A buenas horas