MI AMADA HAYA

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¿El árbol de la vida? ¿El árbol del bien y del mal? ¿“Os pinos”, cantados por Eduardo Pondal, “do teu verdor cinguido”? ¿O la haya, hermética y seductora que se alza en los jardines de Méndez Núñez; perpendicular a calle Juana de Vega, entre las estatuas dedicadas al niño y al doctor Eduardo Hervada, respectivamente. Por patriotismo, tras los druidas celtas, debería inclinarme por los escuálidos pinos o lo elásticos eucaliptus, pero, ¿qué quieren?, tiendo a lo femenino y sus formas sinuosas, enigmáticas y hechiceras me aturden y dejan sin aliento.

Tiendo a lo femenino y sus formas sinuosas, enigmáticas y hechiceras me aturden y dejan sin aliento

 

Hasta aquí rindo itinerario urbano y me acojo a su seno para esconder penas, reírme o llorar complacido ante tan impenetrable belleza. Copa frondosa, cónica. Tronco desplazado en cuatro brazos. Corteza lisa y de color gris claro. Yemas largas y agudas. Hojas alternas y elípticas, con los nervios paralelos muy prominentes y el borde entero, algo ondulado y piloso. De color verde iridiscente, cárdeno en sus extremos y casi rojo. Así es mi árbol de las fagáceas con la que charlo sin cansarme nunca. Amena, alta, erguida, protegiéndome cariñosamente. Honesta y virginal mi “fagus silvática” (petulancia al canto) determina mi universo pasmado por sus cuatro gracias.

Es el jardín de Méndez Núñez que sonríe desde 1868 cuando don –entonces no había tuteo– Narciso García de la Torre, sobre los terrenos ganados al mar, construyó tan hermoso y variado oasis con notables ejemplares botánicos. Que suda y sufre la fiebre de los sábados noche en el botellón incontrolado de conductas, alcoholismo y drogas blandas y duras… Arreglado al amanecer por los sacrificios servicios de limpiezas para que la chiquillería –familiares y cuidadores–, tras la servidumbre de canes paseantes, discurra por sus caminos y pisotee el césped… Mi amada haya coruñesa no tiene arrugas, es centenaria y su altura mide los treinta metros.

MI AMADA HAYA