Unas lágrimas sinceras

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FABRICIO llegó al Deportivo siendo casi un niño, decidió marcharse cuando no era más que un proyecto de portero y estuvo a punto de quedarse en eso. Si se salvó, fue gracias a la segunda oportunidad que le dio Lendoiro. La aprovechó y se hizo guardameta de verdad. Sin perder por completo su acento canario, se doctoró en koruño –“si sales a no perder, te vas a llevar una tunda que flipas”, llegó a asegurar en vísperas de una visita al Vicente Calderón, y la afición le expidió el carné de turko. Por la otra Turquía, por la de verdad, se enteraron de que acaba contrato y decidieron llevárselo. Como hubiera hecho cualquier profesional aceptó la oferta, pues era muy superior a la que podía hacerle el equipo coruñés. Ayer, le tocó despedirse y poco faltó para que no pudiera hacerlo. Se le escapó una lágrima, dos, tres... un millón. Era un llanto sincero; ni el mejor de los actores aguanta tanto tiempo llorando. Quizá en el futuro le llegue una tercera oportunidad.  

 

Unas lágrimas sinceras