Hace unos días me encontré con un antiguo compañero de estudios

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Hace unos días me encontré con un antiguo compañero de estudios y me comentó: “Sigo tus columnas en el periódico y en una escribías que Ferrol es una ciudad difícil, en el aspecto de convivencia política y social. Y es así.” Respondí que, aparte de otras apreciaciones, yo mismo lo había experimentado cuando pronuncié alguna conferencia o presenté libros acerca de nuestra desgraciada Guerra Civil. El recuerdo de la lucha fratricida parece continuar a flor de piel entre los ferrolanos.
Continuó mi interlocutor: “Eso no es de extrañar, pues prácticamente todos nosotros, en lo político y social, hemos continuado lo que aprendimos en nuestra propia casa y en nuestras familias”. Contesté que no era exactamente así, ya que yo, a pesar de pertenecer a una familia burguesa y acomodada de Ferrol, evolucioné cuando tuve conciencia de que era el hijo de un “rojo”. Mi padre, capitán maquinista de la Armada en 1936, no se sublevó contra la República, continuó siendo fiel al juramento prestado. Luchó defendiendo el régimen republicano y perdió. Ello significó el final de su carrera militar y una condena a prisión. No obstante, he de decir que el nuevo régimen franquista, necesitado de personal técnico cualificado, sacó enseguida a mi padre de la cárcel y le nombró, en 1940, Jefe de Carenas de la “Constructora Naval”, que es como se conocía entonces a “Bazán”, hoy “Navantia”, cargo que desempeñó hasta su muerte. Su prestigio profesional y personal era más que evidente, pero, en la “trastienda” social de Ferrol, el estigma de mi padre siguió presente: Fue un “rojo”.
He sido testigo del caso contrario. Otro antiguo compañero de estudios nuestro, hijo de un oficial de Artillería, participante en la contienda civil al lado de los sublevados, evolucionó políticamente “sensu contrario” a su progenitor y, desde joven estudiante universitario, militó ideológicamente en la izquierda. Hoy es un conocido y prestigioso profesor e historiador de renombre.
He puesto solo dos ejemplos, que no son únicos o excepcionales entre los ferrolanos. Hay de todo. Durante los últimos años sesenta del pasado siglo, en los del agonizante tardofranquismo, pudimos ser testigos de una paulatina evolución social ferrolana. Vimos nacer a nuevas sociedades culturales, tales como el Cine Club Concepción Arenal, las asociaciones de vecinos de los barrios marginales, como la de Santa Marina, o grupos de Teatro, como Pequeño Zoo, con ganas de cambio y apertura hacia las libertades políticas. Presenciamos, desde la lejanía y con lo poco que nos dejaba recibir el régimen en el periódico, aquel esperanzador “mayo francés” de 1968. Observábamos, “a la chita callando”, el nacimiento de las clandestinas Comisiones Obreras en los Astilleros o como, desde la Asociación de Amas de Casa, se hacían reivindicaciones inéditas hasta entonces. Pero siempre, el inmovilismo social se “atrincheraba” y era reacio a los cambios. A toda acción se opone una reacción. En Ferrol, siempre hemos sido un poco cainitas. Y lo que pasó después, es otra historia,
 

Hace unos días me encontré con un antiguo compañero de estudios