La muerte del egoísmo

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desde el mismo día en que abrimos los ojos al mundo por primera vez, ya estamos muriendo. Coincido con el genial Galileo en que la edad que tenemos son los años que nos restan por vivir. Los vividos, quedaron atrás, al igual que el dinero gastado no se cuenta como posesión, sino que lo hace el que uno atesora.
Que nacemos para morir es una realidad tan ineludible como la de que lo hacemos tan solos como nos iremos. Deambularemos por el mundo durante unos años y trataremos de hacerlo del modo más feliz posible. Para ello, es prioritario que los que han tenido a bien traernos hasta aquí, se molesten en tratar de domesticarnos; lo que representa todo  un acto de amor en sí mismo y se mire por donde se mire. 
Los más afortunados, es decir, aquellos cuyos padres estén por la labor de dejarse la piel y el alma en el intento de crear personas de bien- o simplemente del bien del que ellos son conocedores-, se resistirán a ciertos mandatos e irán acatando otros, pero entremedias, adquirirán los principios y valores necesarios para afrontar la vida. El resto, la formación académica de la que vivir en un futuro, se irá aprendiendo con mayor o menor facilidad en la escuela.
Los buenos educadores inculcarán a sus vástagos el valor de la lealtad, la amistad, el amor, la familia, la palabra, el trabajo, la bondad y un sinfín de cosas más. Tratarán de guiar a los hombres y mujeres del futuro hacia las sendas del apoyo y de la compañía, y procurarán alejar por medio de todas sus enseñanzas al fantasma del egoísmo que va intrínseco a todo ser humano. Posiblemente, la explicación a este lamentable hecho radique en que venimos y nos vamos más solos que la una y en que lo hacemos con una mochila plagada de vivencias exclusivas de todo tipo.
El egoísmo es en sí mismo un avión en el que sus pasajeros sienten poder elevarse sobre los demás, pero cuyo depósito está mediado de combustible. El tiempo de vuelo les hará sentirse plenos y auto convencidos de la certeza de sus decisiones, mientras que el de aterrizaje forzoso, les invitará a plantearse un fracaso que prefieren ocultar centrando sus energías en el victimismo o en nuevas historias, tras darse cuenta de que siempre es mejor volar acompañado y con un depósito de repuesto.
Vivimos en una sociedad que va muy rápido y en la que el trabajo nos engulle y nos extrapola de un día a otro sin ser muy conscientes de lo que hicimos el anterior; pero la gente de bien, la que no conoce otro egoísmo mayor que el de comerse un helado a escondidas, rebuscará en sus bolsillos unos minutos para llamar, visitar, escribir, estar pendiente o hablar… Y lo hará sin pasar factura a nadie, sin prodigarlo, y con la naturalidad de la que hacen gala las buenas personas, mientras huyen del ego como alma que lleva el diablo, porque este no es más que la consecuencia de tratar de camuflar la falta de amor por uno mismo. Los egoístas Proliferan en nuestras calles, lugares de trabajo y hasta familias... Pero no debemos perder el tiempo en demasía luchando contra esa lacra. Simplemente, como padres o educadores, tenemos la obligación moral de desterrar esa peste para que el mundo, algún día, sea un lugar mejor para todos en el que-por ejemplo- gobiernen políticos mejores y menos ególatras.

La muerte del egoísmo