EL VOTO DE CASTIGO

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Voto de castigo, en el sentido estricto, es el que se le niega al partido político que fue apoyado con anterioridad, por su mala gestión o por desacuerdo con alguna de sus decisiones políticas adoptadas durante su mandato o en el desarrollo de su programa. Puede materializarse votando en blanco, votando al adversario o votando a un nuevo partido.
El voto de castigo puede favorecer el acceso de nuevos partidos a la primera línea de la escena política.
Los votantes de castigo muestran normalmente su descontento optando por partidos políticos afines, situados más a la derecha o más a la izquierda de su partido favorito, pero difícilmente, votan al contrario. La decepción lleva a unos y otros a radicalizarse.
En cambio, los votantes de arraigo fuertemente ideológico optan por seguir votando al mismo partido aunque sea a disgusto, o por abstenerse. Los votantes fieles e incondicionales no suelen cambiar el sentido de su voto y forman lo que se llama “el suelo electoral” de un partido.
Aún reconociendo lo anterior, no puede negarse que cada vez hay menos voto cautivo y más movilidad o desplazamiento de voto, buscando la fuerza en la unión de los partidos más afines.
En todo caso, el voto de castigo sólo tiene sentido en una sociedad democrática desarrollada en la que los partidos discrepen en sus formulaciones programáticas, pero reconozcan y acepten el sistema pluralista, representativo y parlamentario, así como el principio de alternancia en el poder. Si el voto de castigo se dirige a opciones políticas que pretenden destruir el sistema, es al propio sistema al que se quiere castigar.
El voto de castigo es razonable y hasta conveniente siempre que su intención se dirija a opciones políticas democráticas para mejorar el sistema y no para destruirlo.
Ante esa situación, los partidos tradicionales se esfuerzan en procesos de regeneración y en acentuar sus señas de identidad para no verse desbordados o superados por el empuje de los nuevos partidos que se presentan, además, sin pecado original y sin “antecedentes penales”.
Respetar la libertad de voto y el pluralismo son piezas esenciales de la democracia. Ni el bipartidismo puede considerarse como bien inamovible ni el pluripartidismo debe conducir a la ingobernabilidad.
La excesiva fragmentación del voto dificulta las políticas de consenso y la viabilidad de proyectos de interés general o ámbito nacional.
La formación de mayorías coherentes y estables, aunque no únicas ni absolutas, es signo de madurez democrática. De ahí la necesidad de que el voto se ejercite responsablemente y no a ciegas o impulsos irracionales.

EL VOTO DE CASTIGO