Ingenuos

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El empuje hacia la estupidez no tiene límites ni fronteras. Lo podemos ver cada día. Es como un tsunami que lo inunda todo. 
Indiscutiblemente estamos atravesando por un período social y cultural embrutecedor, anulador de la voluntad individual y colectiva. Lo cual demuestra que existe la firme determinación de liquidar cualquier foco de vida pensante. 
Y no es que se trate de teorías conspirativas o paranoicas, sino de realidades tangibles, comprobables, fácilmente demostrables para cualquier sociólogo que sienta respeto profesional por sí mismo. Lo que está sucediendo no puede ser fruto de la casualidad. 
En los últimos años se alimentó tanto el yo individual, la confusión, la dispersión de ideas y valores, que nuestras sociedades occidentales se han vuelto irreconocibles; la ambición mal entendida, la vanidad y el egoísmo están alterando las relaciones humanas.
La plutocracia internacionalista, esa que no tiene patria ni bandera, está logrando un hombre “nuevo”. Un individuo mediocre, amoral, que no le importa las víctimas que tenga que dejar por el camino con tal de llegar al “éxito”. 
Lo terrible es que colaboramos todos en ello, pues nos lo venden como progreso. Pero la realidad es que cada día somos un poco menos libres y también –aunque el oficialismo diga lo contrario– menos inteligentes. Al menos no lo suficiente como para cambiar este estado miserable de cosas.
Tan es así, que hasta apoyamos políticas que van claramente en contra nuestra, es decir, de alguna manera estamos siendo cómplices de lo que están haciendo en contra de nosotros, lo cual resulta casi increíble. Si nos contaran hace treinta años de que eso iba a suceder no lo hubiéramos creído. 
El engaño al que nos someten es brutal, obsceno. Lo peor es que no nos damos cuenta, nos dejamos engatusar por el karaoke que nos ha puesto la plutocracia mundialista, que es la dueña de todos los holdings mediáticos. 
Ellos dividen las cadenas de radio y televisión en dos grupos: las que supuestamente son de izquierdas y las que son de derechas. Sin embargo, los dueños son los mismos o vuelan en la misma bandada. Es decir, son los banqueros, los accionistas, en suma, son el poder económico. ¿Cómo se explica eso? La única explicación posible es que hay un monumental engaño. Aquí la casa es la que gana, como en los casinos. 
Al final resulta que nos toman el pelo a todos. ¡Y de qué manera! El adoctrinamiento mediático –y eso lo sabía muy bien Joseph Goebbels– es una parte importante para lograr idiotizar a las masas y así poder conseguir los objetivos propuestos. Y lo están consiguiendo.
La estrategia consiste básicamente en dos cosas: aleccionarnos día tras día, diciéndonos que las relaciones humanas son una mercancía más al mismo tiempo que nos asustan para que no tratemos de cambiar nada.
El tratamiento que le dan tanto a las noticias como a los análisis está encuadrado dentro un concepto y una visión que favorece siempre los intereses de los poderosos. Por eso intentan destruir valores, ideas, tradiciones, incluso creencias religiosas, conspiran para derribar cualquier defensa que obstaculice sus planes. 
Es curioso que una gran parte de la izquierda sea también colaboracionista, ayude en esa misión. Lo prueba la visita que le hizo el señor George Soros a Pedro Sánchez nada más tomar éste posesión del cargo. ¿Casualidad? Lo dudamos. Por cierto, apenas salió publicada la noticia en la prensa. 
Estamos viviendo una gran mentira. Y son pocas las personas que tienen conciencia de ello, por lo tanto, también son pocas las que toman decisiones totalmente libres. Puesto que nos inducen deliberadamente a la confusión, lo que significa que no somos libres. 
Y lo saben. Así que, tratan de limitar nuestra capacidad de reacción, manteniéndonos a todos en una constante incertidumbre. Y ya se sabe, el miedo es un arma poderosa porque deja a las personas paralizadas, incapaces de responder.
Por lo tanto, nuestras decisiones –de todo tipo– están fuertemente condicionadas por las presiones psicosociales que ejerce el poder desde sus púlpitos mediáticos. Nos convirtieron en ventrílocuos.
 

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