Venezuela (I)

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Venezuela. Informaciones censuradas, imágenes fragmentarias y un relato confuso. Tibieza y silencio por parte de los países “no-alineados”con el chavismo. Apoyos predecibles que poca novedad aportan, por parte de los países “alineados”. Parece que lo único que se abre paso con claridad es la arrolladora violencia callejera que día a día se alimenta de la doble irresponsabiliad de un gobierno que busca, como sea, el mantenimiento de su poder, frente a todos los escándalos de corrupción y de escasez, y de una nueva oposición radicalizada que aprovecha la carga pasional de una legítima protesta estudiantil, para presentar un simulacro mediático que apoye la crispación y que utilice todo su arsenal simbólico para crear una situación estratégica y potencialmente rentable a terceros.
El cúmulo de errores, atropellos y fraudes de dieciséis años de chavismo –¡que se dicen pronto!– no debieran hacernos santificar sin más todo lo que viene del otro lado, pues fue ese otro lado el que motivó el Caracazo de 1989 , el intento de golpe de Chávez del 92, su victoria electoral en el 98 y otro intento de golpe en 2002 –con la participación, entonces, de Leopoldo López– cuando el chavismo llevaba cuatro años en el gobierno. Por un lado son inaguantables la violencia endémica de Venezuela, la ausencia cada vez más acuciante de productos básicos, la inflación disparada, los medicamentos caducados o casi caducados, las deficiencias hospitalarias graves, cuando todo esto además convive con el enriquecimiento de no pocos miembros del gobierno o afines a él que han visto acrecentar su capacidad de gasto suntuoso en el “infierno de azufre” yanqui. Pero, por el otro, ¿debe eso hacernos confiar ciegamente en las intenciones de una repentina oposición del todo o nada?
Las fuertes carencias económicas venezolanas que solo se achacan a la desastrosa gestión del gobierno, ¿no admiten otras explicaciones complementarias? Decir que la inflación solo se explica por una causa sería tanto como negar la historia del pensamiento económico. Los inaguantables escándalos que gangrenan el gobierno bolivariano (véase el caso de CADIVI ) tropiezan igualmente con los intereses privados con vistas a protegerse de la intromisiones gubernamentales. Así pues, la machacona cantinela neoliberal que critica la planificación económica por obligar al endeudamiento del Estado, ¿no contradice su alabanza del endeudamiento personal que, tras el estallido de la crisis en 2008, ha dejado a tanta gente bajo un cielo de deudas? Hay que pensar que la deuda del Estado no pretende –o no debiera– alcanzar objetivos de rentabilidad sino de servicio y bienestar común. De hecho, si hay algo que puede reprochársele al chavismo es, precisamente, que en dieciséis años haya descuidado este “sagrado” objetivo para dar más publicidad al culto personalista y “pantallero” de su líder carismático y a una retórica efectista, más o menos vacía, que deja al socialismo en un puro “flatus vocis”y el bien común en una nueva vuelta de tuerca al capitalismo de estado.
Ahora bien, los desmanes del chavismo no anulan la madeja de intereses que se entremezclan hoy en el espacio político latinoamericano. En política parece que nadie da nada gratis (miremos, si no, Ucrania). De ahí que no estén tan alejados el mutismo (cuando no la defensa) de cierta izquierda ante los excesos del gobierno venezolano y las impostadas soflamas de una derecha neocapitalista que se llena la boca (y los bolsillos) hablando de libertad y democracia. ¿Qué libertad y qué democracia? ¿La de los reyes, las infantas, los bancos y las corruptelas? Oír a Esperanza Aguirre hablando de “régimen dictatorial” en Venezuela y del derecho a la manifestación democrática mientras en España se recortan libertades, se criminaliza la disidencia y se masacra a la clase media, bajo la única justificación de la legitimidad de las urnas, es tan irritante como escuchar a Ignacio Ramonet en CNN (en este caso, más decepcionante que irritante) decir que la democracia es voto. El mismo discurso. Distintos bandos. Es este maquiavelismo maniqueo y esta cobardía los que envilecen la política profesional y la alejan del arte de realizar lo justo, tal como lo pensaron algunos clásicos. Desde luego nunca podrá serlo mientras la usurpen la miserable manipulación de quienes detentan el poder y la de aquellos que solo lo envidian.

 

Venezuela (I)