Alcaldes

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Observo que de unos años a esta parte cada vez son más los que hacen carrera política de forma directa, sin pasar por la vida profesional y sin saber lo que se suda para ganarse el pan. No sé si se debe a la crisis, que dificulta la entrada en el mercado laboral o la simple elección de una forma de vida.
El problema viene después, cuando estas personas tocan poder y tienen cerca la tentación o se crean que pueden gobernar los dineros públicos a su antojo dando ayudas, subvenciones, inversiones o lo que consideren oportuno a quien se le antoje y no solo a sabiendas de que eso no es ético, sino vanagloriándose de ello. Uno va cumpliendo años y cuenta el ejercicio de esta bendita profesión periodística por décadas. 
Siempre cuento la misma anécdota de un alcalde de una localidad que cada elección renovaba su mayoría absoluta. El paso del tiempo llevó a confundirle su obligación como servidor público con el capricho personal. Resulta que había un vecino que no comulgaba con su gestión y que vivía un poco apartado del núcleo, por lo que para llegar a su casa tenía que pasar por un camino que se fue deteriorando al mismo tiempo que se fundían las farolas. Este alcalde esperó hasta que la situación fuese casi insostenible y se tomaba como un reto que este hombre, discrepante con su forma de pensar, le pidiera “por favor” que le arreglase el camino y repusiera las luminarias fundidas. Como esta solicitud no llegaba, en un alarde de “generosidad” decidió ejecutar la obra y tras realizarla con dinero público, como no podía ser de otra manera, no se podía creer que ese hombre, que a veces le hacía pasar malos desayunos con sus críticas, no le fuese a dar las gracias. Y ni corto ni perezoso contaba la anécdota a quien quería escucharle admitiendo que nunca más le arregló el camino por desagradecido y, sin embargo, sí a sus vecinos de al lado y sin pudor ninguno.

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