SOBRE EL SEXO DE LOS ÁNGELES

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Fue en el concilio de Nicea cuando los padres de la Iglesia discutieron acaloradamente sobre, entre otras cosas, el sexo de los ángeles. Una paradigmática discusión bizantina que a nada conduciría. Eran tiempos en los que las disputas por cuestiones divinas eran moneda corriente, que llegaban a la violencia y hasta el asesinato.
Mil seiscientos y pico años después en esas seguimos, solo que ahora no se trata de asuntos que afecten a la divinidad, ni a las vergüenzas angélicas, sino del sexo de la inteligencia. ¿La inteligencia tiene sexo? ¿Qué sexo tiene la inteligencia? Las palabras hacia su oponente femenina de un candidato de boca más grande que la de un cachalote abrieron la caja de los truenos. Y así nos hemos pasado una campaña para las elecciones europeas –cuyo interés para el ciudadano es paupérrimo– entre verborrea y cruce de acusaciones. “Machismo”, “insulto”, “mujeres”... tres palabras sobre las que giró todo el entramado propagandístico de quienes nos gobiernan y aspiran a seguir haciéndolo desde otros despachos. En eso consistió todo. Un artificio de memeces y una tomadura de pelo más al contribuyente, que de tan vapuleado, de tan sonado que está, ya ni sabe de dónde le vienen las tortas. La única preocupación de los dos grandes partidos es que el personal vaya a votar, no vaya a ser que las pequeñas formaciones se hagan con parte del pastel.
¿Qué sexo tiene la superioridad intelectual? Debe de ser muy importante para centrar una campaña electoral en ello. Así, entre si son galgos o son podencos, en esta disputa llegaron los perros y pillan descuidados a los dos conejos. Solo que a estos, que deben de ser de tungsteno, no hay quien les hinque el diente. Estamos quizás hechizados por las bobadas de los políticos, que juran que es en Bruselas donde se corta el bacalao y se cuece el puchero de nuestro bienestar. Nos van a devorar otra vez con sutiles palabras. Gracias al inútil voto útil, Europa se llenará otra vez de una voraz carcoma cuya habilidad consiste en estar a un tiempo presente y ausente, en un ejercicio de ubicuidad bien remunerada. Paguémosles, pues, para que puedan discutir en Estrasburgo o en Bruselas sobre las trascendentales diferencias entre hombres y mujeres y viceversa, sobre la puesta del somormujo cuellirrojo o mismamente sobre el sexo de los ángeles. Lo único que tenemos que hacer es soportar sus gansadas y luego echar la mano con mohínes y cantinelas de pordiosero para ver a cuánto asciende la limosna.
Lo mismos que hundieron la flota (o el “Prestige”), arruinaron el campo, volatilizaron la ganadería y compraron nuestra dignidad por cuatro monedas nos vuelven a engatusar con la resurrección de la pesca, el esplendor de la flota, el renacer del campo y la defensa de la ganadería. Eso si disponen de tiempo después de hablar de si tienen o no perendengues los ángeles.

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