Inútiles y costosas actuaciones municipales

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Dejemos al margen, frente a lo habitual –por obligado–, al actual gobierno municipal ferrolano, aun cuando en esta ocasión porque sus intenciones, afortunadamente, por una u otra razón, pero sobre todo de carácter económico, no han tenido continuidad. El grupo La Penela acaba de adquirir el conocido chalé de Canido diseñado por el arquitecto modernista Rodolfo Ucha Piñeiro. Hubo intención de adquirirlo, no solo por parte del ejecutivo local que nos gobierna sino que semejante intención la tuvo también el que en su momento presidió el socialista Vicente Irisarri a iniciativa de la entonces concejal de Cultura –durante un breve lapsus de tiempo, apenas superior al año–, Yolanda Díaz, ahora diputada en la Cámara baja.
Podríamos decir que es natural, y deseable, que un gobierno invierta en patrimonio arquitectónico, pero también es obligado que tal intención esté siempre acompañada de un plan de actuación que garantice el mantenimiento de lo adquirido y, en consecuencia, su explotación, sea con carácter social, cultural o, simplemente, administrativo. Se supone que cumpliendo esta última condición redundará en efecto en el beneficio común. Cosa bien distinta es que, como sabemos, nos pueda más el ansia que las ganas de comer. Y, para ejemplo, ahí está la casa natal de Ricardo Carvalho Calero, de la que tan solo queda una fachada, ya derruida a partir del primer piso, que languidece en un sueño eterno al que no se le ve despertar alguno. Para el administrado, para el conjunto de quienes con sus impuestos contribuyen en mayor o menor medida a dotar de recursos económicos a un municipio, lo deseable es que tal inversión conlleve un beneficio común. Lo inútil, pero sin embargo de elevada trascendencia, es adquirir una propiedad que hasta el momento sólo ha demandado onerosas cantidades para evitar que acabe en la total ruina sin la más mínima intención de darle la posibilidad –precisamente porque de falta de recursos hablamos– de repercutir en esa propia sociedad. Sea como centro de interpretación de la obra del insigne intelectual gallego, sea como centro cívico o social de un barrio ya de por sí más que depauperado, que de todo esto, y más, se ha hablado.
A pesar de lo corroborado a lo largo de más de diez años con este tan sencillo como elocuente ejemplo, que no solo conllevó el desembolso de 600.000 euros sino sucesivas intervenciones para “salvar” lo poco que queda y que han superado la cifra de otros 200.000 euros –puede que la memoria engañe pero no así la sensación de despilfarro–, tampoco en el caso que nos ocupa del chalé modernista de Canido faltaron voces que alentaban su adquisición pública con fines culturales. Algunos dirán que no hay artistas, proyectos culturales o iniciativas sociales en suficiente número en este país como para llenar tanto espacio como el ya existente, pero es evidente que de la iniciativa privada continúa dependiendo el futuro de buena parte del patrimonio local. 
Podemos recordar el caso del antiguo Gobierno Militar, sede comarcal de Afundación, o, en un lado bien opuesto, el castillo de San Felipe, del que nadie reniega de su condición pública pero a todas luces difícil, costoso y, sobre todo, lento, lentísimo, de recuperar en toda su dimensión si no es con la participación de otras administraciones. Las ideas no faltan; aunque algunas sobren pese a saberlas inviables. Es como si no se supiera que un coche no funciona sin gasolina y que es necesario que alguien, poseedor además del obligado carné de conducir, lo pilote. El caso es que más futuro tiene –pese a esa ¿pérdida? patrimonial– el chalé de Ucha en manos privadas que en las siempre precarias mentes de quienes carecen de vértebras para sostener la cabeza.

Inútiles y costosas actuaciones municipales