EL RÍO DEL PERDÓN

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Tuve la suerte de que un periodista amigo me informó. Después fue coser y cantar. Por el hilo se saca el ovillo. Nada menos que ver el alma de España cruzando el puente tendido sobre el río del perdón. Cerca corrían los mitológicos ríos griegos: Aqueronte, Cocito, Leteo. Seguí con atención los pasos de España a quien esperaba en la otra orilla ese escritorzuelo Miguel de Cervantes y su demoníaco libro “El Quijote”, de cuya primera edición se cumple ahora medio siglo. Tenía el rostro afable y gesto protector de esos médicos que intentan superar las dolencias de sus pacientes.
Ante las palabras de inquietud del espíritu hispano el creador de Sancho Panza sonrió beatífico. La gran tragedia de España –dijo– es que ha odiado demasiado. Es característica de las naciones apasionadas, pero nos hemos pasado varios pueblos. Jamás estamos satisfechos y también hemos desterrado el verbo perdonar. Aquí cualquiera se cree el tipo más bueno del país y juzga a los otros basura. Sólo él posee la ecuanimidad que le permite calificar lo que está bien o lo que está mal. La soberbia es mala compañera de viaje. Fue dicho debes perdonar hasta setenta veces siete, pero se confunde tal infinitud con una limitación concreta.
Desgraciadamente lo comprobamos con nuestra nación y conciudadanos. Tras una terrorífica guerra civil creíamos haber superado las malditas confrontaciones de los siglos XIX y XX gracias a la Constitución de 1978 aceptada democráticamente por los españoles. Después un iluminado abatió la fragilidad fraterna ganada a costa de tanto esfuerzo sirviéndonos una herencia envenenada: la ley de la memez histérica. Españoles buenos y españoles malos. Alteración callejera de nombres y monumentos. Escraches. Insultos. Violencia. Ofensas religiosas con ceremonias execrables. Corrupción. Robos. Sinvergüenzas por doquier... Mientras el pueblo triste llora aquella España de bienestar y progreso.

EL RÍO DEL PERDÓN