Un mundo cambiante

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Decía Heráclito que nada es permanente a excepción del cambio. Por lo tanto, no debería sorprendernos lo que está ocurriendo habita cuenta de que no hay nada inalterable.   
Algunos dicen que en Europa, refiriéndose a la década de 1930, se está repitiendo la historia. Es posible. En todo caso, los que lo creen no tienen en cuenta algo elemental: que la historia nunca se repite de la misma manera. Puesto que  las circunstancias, aunque  puedan parecerse, nunca son las mismas; lo más probable es que la repetición, si ocurriera, se convierta en una farsa –como decía Marx– y no en una tragedia.
Es obvio que nos encaminamos hacia un gran cambio. Aunque todavía  no podemos vaticinar sus consecuencias. Tanto es así, que ningún científico social podría predecir lo que ocurrirá en los próximos años, teniendo en cuenta que en todo proceso de cambio existe la posibilidad de que surjan contingencias imprevistas; algunas incluso pueden forzar un cambio radical de los acontecimientos. La situación es compleja. Hay demasiadas contradicciones que cambian constantemente las preguntas y con ellas las respuestas. Como decía Benedetti, cuando teníamos las respuestas nos cambiaron las preguntas. Y en este caso sucede un poco lo mismo.  
Hay quien dice que los cambios están relacionados con la llegada de Donald Trump al poder, por aquello de que está a favor del proteccionismo y en contra de los tratados de libre comercio. Es cierto que esos tratados y la globalización en general, al menos en principio, está sufriendo un duro revés. Pero en esto es necesario subrayar algo: que la globalización tal y como está planteada nos está llevando al desastre y que un proteccionismo absoluto, además de ser casi imposible, tampoco es la mejor de las soluciones. De esto se deduce, que la globalización deberá ser inclusiva. O no será.  
Dado el desastre que están causando los tratados de libre comercio, tanto a las clases trabajadoras como a las medias en los países desarrollados, cada día toma más fuerza la idea de regresar a los tratados bilaterales. A los de toda la vida. No es razonable, por poner un ejemplo, que se permita la desindustrialización de un país porque en el otro, al que se trasladan las empresas “exiliadas”, la mano de obra tiene precios de esclavitud. Cuando eso lo hacen miles de empresas el resultado final ya sabemos cuál es: un desempleo masivo que producirá pobreza y desolación. Además, ni que decir tiene que la fuga de empresas –que es mucho peor que la de capitales– abarata la mano de obra en sus países de origen, es decir, las que se quedan se aprovechan de los altos niveles de desempleo para pactar  salarios de miseria. Y uno se pregunta, ¿es tan difícil que lo puedan entender los políticos, sobre todo aquellos que dicen ser izquierdas? Parece que sí.  Resulta curioso que los llamados partidos “progresistas”, indudablemente nos referimos a la socialdemocracia europea, sigan erre que erre defendiendo unas prácticas que se pueden catalogar de inmorales.    
En realidad, ningún tratado comercial que no tenga en cuenta a las personas puede ser constructivo. Un modelo que solo favorezca los oligopolios, que promueva la desaparición de las pequeñas y medianas empresas, que disuelva la clase media y que empobrezca la trabajadora no puede llamarse realmente exitoso, como pretenden algunos hacernos creer.  De ahí que hayan surgido los populismos, de hecho nacieron por el repudio que la ciudadanía empieza a sentir hacia los atropellos de las élites. Ellos también son parte de la transformación que está ocurriendo. Los cambios son inevitables; es imposible detenerlos, puesto que son parte intrínseca de la naturaleza humana. Ocurre que en esta época se están apresurando como consecuencia de  la revolución tecnológica, ésta los está precipitando a la vez que está acelerando la historia.
La realidad es que el rápido desarrollo de las nuevas tecnologías, el fracaso del modelo posmoderno y neoliberal, junto con los nuevos centros de poder económico, están empujando al mundo hacia una nueva fase. La historia no terminó, como creyó Fukuyama.  
 

Un mundo cambiante