Todo es frágil, leve, superficial

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Todo es leve, frágil, superficial en este tiempo convulso que nos ha tocado vivir. Empezando por la salud, más amenazada que nunca y que rompe las expectativas de cualquiera en el momento más insospechado. Tras gestionar mal la primera ola y la segunda, tanto el Gobierno central como los de las comunidades autónomas sabían que nos jugábamos mucho en la vacunación rápida de los ciudadanos y han sido incapaces de poner en marcha un plan serio, efectivo y riguroso. Así que, tras las fiestas, vuelve el temor a otro confinamiento total que no va a ser como el primero sino con efectos aún peores. La economía se rompe como se deshacen las esperanzas de tantos que montaron un pequeño negocio con un gran esfuerzo y la mayor de las ilusiones y ven como se desmorona todo, casi de la noche a la mañana, sin que nadie sepa cuando se va a poder recomenzar. Y, lo que es peor, poniendo en riesgo la supervivencia de tanta gente. El empleo es hoy más frágil que nunca, con casi cuatro millones de parados y en diciembre, víspera de la cuesta de enero, más cuesta que nunca, no sólo no se ha creado empleo, sino que se ha destruido. Lo del “empleo indefinido” empieza a ser una quimera salvo para los funcionarios.

Escribió Aleksandr Solzhenitsyn que “la precipitación y la superficialidad son las enfermedades crónicas del siglo”. Del siglo XX, al que él se refería, y de éste. Nada ha mejorado tras la pandemia como algunos decían. No vamos a salir mejor de esto tan terrible que estamos padeciendo, aunque debería ser así. Hasta las creencias, no solo las religiosas, son más leves cada día, más superficiales, menos profundas. Cada vez hay menos espacio para la reflexión y el pensamiento y los intelectuales se han retirado a sus cuarteles de invierno, echados de la vida pública por esa política más superficial que nunca, donde solo interesa el poder, su control. Mantenerlo o echar a los que están para llegar. Y para alcanzar ese objetivo están dispuestos a lo que sea. A pactar con los enemigos, a conceder lo que les pidan, a saltarse los controles constitucionales... La verdad está sufriendo un enorme desprestigio porque la mentira le ha ganado la batalla. Como el pensamiento, casi único que nos están imponiendo.

Hace dos mil años, Quintiliano, un riojano que fue el mejor profesor de retórica del mundo romano, dijo que “no es tan dañoso oír lo superficial como dejar de oír lo necesario”. Para no decirnos lo necesario, estos políticos nuestros de cada día son capaces de todo. De mentir, de utilizar las instituciones en su beneficio o para sus intereses, de crear problemas donde no existen para disimular sus errores y su ineficacia, de pedir democracia en todo y de impedirla en los partidos que representan, de jugar con la salud y con la economía de todos los ciudadanos, de confrontar y enfrentar lo público con lo privado como si fueran enemigos y como si lo primero fuera siempre bueno y lo segundo siempre malo... ¿Incompetencia o irresponsabilidad? No es fácil saberlo.

Esta enorme crisis, que es una amenaza al corazón de la sociedad y que ya se ha llevado millones de víctimas, más de 70.000 en España, exige respuestas sólidas, acciones concertadas y consensuadas y unos gobernantes que sean capaces de pensar en todos los ciudadanos y no solo en sus intereses partidistas. Para que haya esperanza, es tiempo de unidad, de pactos y de trabajo en común. Y de arrinconar a los que dividen, excluyen y dinamitan la convivencia.  

Todo es frágil, leve, superficial