Sin prisa

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Redobla la presión, pero esta presión viene desde las filas del PP para conquistar la gobernabilidad, y con ella, las poltronas del poder. La táctica es buena, pero cansina. Parece que de no haber pacto todos los males de este país asomarían de repente con un único culpable, el PSOE, lo cual no es cierto ni razonable. Cuestión distinta es que el partido sí permita si el presidente en funciones consigue los 170 escaños voto en la investidura, de la cual no hay prisa, que Rajoy en segunda votación sea investido. No falta opinadores ni conciliábulos que arrojan sus invectivas constantemente sobre el secretario general socialista, a quien le ha tocado capitanear el peor resultado histórico del Partido Socialista en estos 39 años de democracia. Un secretario que está tan encorsetado y maniatado, síntoma de la fractura del partido y de la debilidad de su liderazgo y equipo más bien mediocre, que apenas tiene margen ni otra estrategia que la de sobrevivir. La ambición de ser presidente debería descartarla al menos en este envite y también a medio plazo. El tiempo dirá, pero para ello ya hay muchos actores dispuestos a recibir mieles o descalabros.
En Génova saben que de nada sirve la investidura si no hay gobernabilidad, ni apoyos suficientes para sacar ciertas medidas, aderezadas de flexibilidad unas, nuevas e impuestas por otros, significativamente Ciudadanos si finalmente entra en el juego de la gobernabilidad, que entrará. Es también cuestión de supervivencia y que se vea su pragmatismo y programa por el electorado, de lo contrario, están amortizados. Y sabrán mirarse en el espejo inglés de Clegg y sus liberales que sucumbieron ante Cameron en la segunda legislatura, como en el espejo alemán tanto de verdes como la antigua FDP volatilizados por SPD y por CDU respectivamente.
Mariano Rajoy tiene sus virtudes y sus defectos, cada cual que los busque. Y entre ellos, sea virtud sea error o desidia, el tiempo, dejar transcurrir el tiempo. No es ésta una estrategia gallega, aunque lo pudiere parecer, volvamos la vista unas décadas atrás y pronto nos daremos cuenta. Pero el no hacer, esperar, y ver desde las barreras antagónicas las disputas y los requiebros a veces tiene premio sobre todo cuando en el ruedo, aliño y faena, son pobres. Redobladamente pobres como sucede en este albero ibérico.
Y en esta espera, tancrediana como soporífera en estío decembrino, no hay prisa. Y no se ve con malos ojos esperar incluso al resultado gallego, pero sobre todo, vasco, del 25 de septiembre. De nada importan las prisas y las apariencias de marcar agenda en el Parlamento. Eso solo se exige al contrario, al adversario, no al propio, como sucedió en febrero y cuando el PP clamaba contra el presidente del Congreso, Patxi el efímero e incapaz de controlar el albedrío en las cátedras tragicómicas y a veces esperpénticas que inundaron de escarnio y risa la pasada legislatura.
Espadas en alto. No hay prisa. Y en esto, nadie gana a Mariano Rajoy. Así ha sobrevivido durante décadas, políticamente claro está. Y es que aquel viejo adagio refrán, “vísteme despacio que tengo prisa”, es llevado a la máxima por el pontevedrés compostelano.
Y en medio de la refriega los barones socialistas, que no tienen empacho en gobernar gracias a los votos de Podemos, dicen, amagan, conspiran día sí día también frente a un Sánchez noqueado y calculador. Pero solo parece que es el quién calcula contra los decibelios inaudibles de Felipe y Zapatero.

Sin prisa