Fusilamientos contra el muro de Facebook

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Soy una firme defensora de las redes sociales. Me gusta la posibilidad de estar en contacto con cualquier persona, da igual dónde esté, sin tener que utilizar esa faceta intrusiva y molesta que tiene el teléfono. Y qué decir como periodista de esta herramienta, que permite difundir nuestro trabajo y acercarlo a lectores que, de otra forma, nunca llegarían a verlo. Sin embargo, en los últimos tiempos, empiezo a notar una crispación que me produce rechazo y hastío a partes iguales. No hablo de cuando un desconocido ataca a un famoso en Twitter por una errata o de la paliza que le propinan los trols a las cuentas oficiales de los políticos. Me refiero a la mala baba que destilan últimamente los muros de Facebook, esos en el que uno solo acepta a sus supuestos amigos y en los que cada día resulta más difícil caminar sin pisar alguna mina en forma de discusión no buscada.
Las redes sociales han pasado en los últimos años por varios momentos: la cosa empezó enumerando todo lo que uno iba haciendo en cada momento, siguió con aquellos que abrasaban a todos sus amigos para que les dieran vidas en el Candy Crush, continuó con álbumes de fotos de “lo feliz que soy” –en modalidad vacaciones, comilona o festa rachada– y ahora parece que ha derivado en apología de lo mío.
Ay de aquel que se desvíe de la senda marcada, del pensamiento único. Pasa, por ejemplo, si a alguien se le ocurre lamentar el atentado de París y poner de perfil una bandera francesa pero no repite la operación todas y cada una de las veces que el Daesh pone una bomba y se lleva por delante a un grupo de inocentes, algo que, por desgracia, pasa bastante a menudo. Como si el que lamentó los ataques en Francia se alegrara de los de Bagdad. Pasa también cuando se responsabiliza con inquina a los votantes de un determinado partido de las decisiones que luego este toma en el gobierno y pasa también cuando alguien no comparte la manera mayoritaria de pensar.
Se impone el maniqueísmo, dejando muy claro quiénes son los buenos –los míos, por supuesto– y quiénes son los malos, atacando a cualquiera que intente, mínimamente, hacer ver otro punto de vista. O es blanco o es negro, olvidando que existe también una infinita gama de grises. La crispación y la falta de espíritu crítico simplifican el mensaje hasta convertir cualquier debate en el remedo de esos programas de telebasura donde, si utilizaran guantes de boxeo, se darían patadas en las espinillas. Al final, el extremista sentencia y el moderado se cuida muy mucho de escribir cualquier comentario más reflexiva, menos tópico, no le vayan a caer todos encima.
Falta también sentido del humor. Pero del inteligente, no como el de la portada de “El Jueves”, que resume las últimas elecciones generales con el titular “Sorpasso en gilipollez”, insultando a todos los votantes del PP en un chiste que tendría la misma gracia aunque cambiase el partido insultado. El matiz siempre enriquece el debate, especialmente cuando nos dicen eso que no nos gusta oír o que ni siquiera habíamos pensado. Así que, a seguir a pies juntillas lo políticamente correcto porque el que se mueva será fusilado contra un muro: el de Facebook.

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