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¡Como a perros!

Para el escritor Eduardo Mendoza Kafka fue y es un mal escritor (http://www.youtube.com/watch?v=9T3D4G56PF0). Me ha dado por pensar que el día en el que un hombre cualquiera, como bien pudiera ser un escritor de oficio sin más, acepte su porción de mediocridad sin necesidad y agradedzca el genio ajeno, habríamos comenzado una verdadera revolución. ¡Pero es tan difícil llegar a este grado aparentemente simple de decencia!
Es muy duro convertirse en un héroe de las pequeñas cosas, como lo hace el señor Pereira en la entrañable novela homónima de Antonio Tabucchi, al arriesgar su vida solo por reconocer el talento de un joven escritor y oponer a la arbitrariedad salazarista el valor de la lucha por la justicia. Mientras que rara vez la historia se somete al cambio promovido por un solo hombre y, aún en esos casos, dicho hombre acaba pagando el precio de haberse tomado por algo demasiado grande, por el contrario, aquella está repleta de acciones como la del señor Pereira, de gestos anónimos, de batallas minúsculas, de decisiones solitarias que, una mañana u otra, contribuyeron a que las cosas mejorasen un poco. Todos nosotros somos responsables de esta porción de presente y de porvenir que también es la nuestra. Nosotros o, mejor dicho, cada uno de nosotros, desde nuestra singularidad ineludible, somos coautores del mundo. A fin de cuentas, como decía Nietzsche, “los grandes problemas están tirados en la calle”. La ventaja de esto es que cualquiera puede recogerlos. Pero para ello necesitamos pensamiento, sensibilidad y acción.       
Pero ¿cuál es la situación hoy? La contraria a la que acabamos de exponer. Una mezcla de maltrato, resignación y complicidad pudre el aire y lo hace irrespirable. Hoy nos van exterminando lenta y sútilmente, arrojándonos a una existencia para la cual toda vida es enemiga, extraña y absurda. Con el regreso del absurdo, ¿cómo no recordar entonces el genio que fue Kafka? ¿Quién mejor que él describió el horror infame de una realidad racionalizada e interiormente criminal? Procesos, castillos y metamorfosis que no hacen sino mostrar la misma pesadilla laberíntica en la que todo sentimiento de belleza se viola, se pierde, se mata y se olvida. ¿No es hoy España un inmejorable ejemplo de drama kafkiano? ¿No se oculta en España el dolor, el sacrificio y la muerte bajo una apariencia -irrisoria, por otra parte- de planificación, de reforma y de libertad? ¿No ocurre esto en un país en donde a los que emigran se les llama “aventureros”, en donde a los que se manifiestan se les amenaza con la cárcel y en donde a los justos se les intenta presentar como ilusos monigotes de un museo de rarezas?  España es hoy un ejemplo de lo peor de un sistema extendido a todo el mundo, orgulloso de sus vicios, donde la justicia no tiene legitimidad, donde la política reconoce a las claras su amor al delito y donde la economía aprovecha perífrasis técnicas para esconder su mensaje crucial de adaptación o de muerte. Si no logras abrirte paso en este mundo, nos dice, como sea, más vale que tú mismo te quites del medio porque nada puedes valer para este mundo maravilloso que solo resulta un calvario a los que no consigieron los medios para escapar de él.
Pero las preguntas esenciales son aquellas que sabe formular un niño, leemos en un momento de “La insoportable levedad del ser” de Milan Kundera, y aquí la pregunta es muy sencilla y no hace falta ser un especialista en nada: ¿cómo continuamos permitiendo que nos hagan esto? Nos van haciendo un traje de muerte a medida, del color de nuestra piel, para evitar las autopsias. Y nadie ve nada. ¿Nadie? Y los que lo ven, callan. ¿Callan? Y los que callan, a veces esperan. ¿Esperan? Tal vez esperen su posibilidad de dejar de ser maniquíes donde se prueba la muerte para poder entrar en los salones donde la muerte se ejerce. ¡Cómplices! Pero a los demás aún nos queda un último gesto, gesto de moral y de estilo. Aún tenemos tiempos de mirar  a esos patéticos esbirros con desprecio y, a través de ellos, dejarle claro a este sistema de verdugos y traidores que no nos engañó jamás, que conocemos el secreto que pretendían guardar oculto sus  procesos simulados y que, ahora, lo gritamos a la historia para dejar un testimonio imborrable de escándalo y de sangre. Y nuestra conciencia permanecerá  intacta al decir: ¡Nos matáis como a perros!

¡Como a perros!

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