Credibilidad

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Algunas veces uno siente sonrojo de lo que pasa en Europa, de los actos de los políticos que la dirigen. Es como sentir vergüenza ajena. Sin duda, esta parte de la historia será recordada por muchas cosas. Una de ellas será por la incapacidad de los políticos. Su nulidad y falta de escrúpulos salta a la vista.
Resulta patético –incluso repugnante– escuchar al Presidente del Consejo de Europa, al polaco Donald Tusk, decir que “Turquía es un ejemplo (sic) de cómo tratar a los refugiados”. Pensar que personas con esa “empatía” están desempeñando tan altos cargos produce urticaria. Alabar un gobierno que maltrata a los refugiados sirios, que masacra a los kurdos, que apoya al terrorismo yihadista, y que además encarcela a los periodistas que osan denunciarlo, resulta un acto deleznable. Lo curioso es que ningún político europeo ha reprobado sus palabras. Existe un silencio cómplice, lo cual significa que los demás piensan igual. O no se atreven. 
Hubo un tiempo en que pertenecer a la UE seducía, encandilaba. Hoy ya no. De la admiración se pasó al profundo desencanto. La realidad es que produce sarpullidos contemplar las reuniones europeas. En ellas nadie es capaz de alzar la voz, de llamar a las cosas por su nombre. Ni siquiera para censurar o vetar los disparates. La cobardía es colectiva. El vasallaje a la señora Merkel y a los poderes económicos no deja lugar a dudas. Uno se pregunta, ¿con qué potestad esta señora toma decisiones que afecta la vida de todos?, ¿quién le otorgó tal poder fuera de Alemania?, ¿acaso hay que decirle sí a todo?. Hace unos días aparece el señor Margallo diciendo que el acuerdo migratorio con Turquía fue una chapuza. Entonces, ¿por qué no lo vetaron?. Primero votan sí y luego dicen que fue un error. ¿Cómo es posible que haya tantos “tiralevitas” alrededor de la teutona? 
Es vox pópuli que hoy los políticos deciden poco. El poder real está en manos de las corporaciones, muchas de ellas registradas en paraísos fiscales con la venia de los gobiernos. En todo caso, es preocupante –por no decir escandaloso– lo que está ocurriendo en Europa. Todo aparenta derrumbarse, aunque oficialmente no lo parezca. Pero eso no parece quitarle el sueño a la tropa que trabaja en el edificio Berlaymont de Bruselas. Allí viven alejados de la Europa real, ausentes de todo lo que está pasando.
Europa no está estancada, como aseguran algunos politólogos. Está en retroceso. Sin embargo, nadie es capaz de hacer nada, de cuestionar un modelo socio-económico que la condujo a un callejón sin salida. Incluso la izquierda europea, la nueva izquierda, esa que la derecha tilda de radical y anti-sistema, no tiene demasiado claro la alternativa. Lo ocurrido en Grecia con Syriza es un ejemplo. A lo mejor la solución pasa por poner el cuentakilómetros europeo a cero y empezar de nuevo. Es decir, esperar a que se destruya el actual modelo para empezar uno nuevo. La realidad es que ningún organismo que no tenga la capacidad de regenerarse a sí mismo puede sobrevivir. Y esta Europa ha demostrado que no la tiene.
Hay personas que admiran a la señora Merkel, sobre todo en los sectores de derechas. Sin embargo, esta mujer no hizo nada encomiable para que despierte algún tipo de entusiasmo o fascinación. En todo caso, la teutona no pasará a la historia como estadista, ni siquiera como una política brillante. Ella simplemente utilizó el gran poder económico de su país para impartir órdenes al resto de la parroquia. Desde semejante púlpito es fácil pastorear a los demás. Seguramente pudo hacer mucho más por la cohesión de Europa, por su integración y por la convivencia armoniosa de sus pueblos. Las tensiones que últimamente se están produciendo en el Viejo continente pueden ser rebajadas, y Alemania tiene la clave para hacerlo.
La UE está perdiendo prestigio. Sus tan cacareados valores ya no son lo que eran, no son creíbles. Entre Bruselas y Berlín –aunque hay otros responsables– se los cargaron. No se pueden mantener diferentes varas de medir. Es insostenible. Por lo tanto, la credibilidad europea está llegando a su fin. Aunque era de esperar.

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