El censo de los desaparados

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En estos días recibes en tu dirección postal, como si de una misiva de amor se tratase, atenta, formal, aseada y moderna carta proveniente de la Oficina del Censo Electoral. La abres por la línea de puntos que señala la tijera, y observas que se te indica: distrito, sección, mesa y ubicación de la urna en la que has de depositar el voto. Te recuerdan quien eres y donde vives. No te ofendes. Te agrada que te recuerden. Que cuenten contigo.
La carta ordena sin intimidar, en una palabra, se hace respetable, tanto que te sientes en ella respetado.  “Un hombre, un voto”, sí, pero censado y merecedor de una carta de su oportuna oficina. Cómo pensar que las cosas van mal, la carta en su plácida estampa no indica sino corrección, buen funcionamiento del sistema. El sabor de boca que te deja es el que podía dejarte una invitación a una celebración o a un espectáculo. Y con ese sabor se inicia el proceso de la elección.
Para mejor entender y decidir, entiendo, se nos deberían enviar, pongo por ejemplo, las listas de espera de los hospitales. Creo que ellas son fiel exponente de una realidad averiada para la que no hay oficina ni pulcra misiva, sino masificación y desprecio. Pero, claro, no es lo mismo un individuo sano y debidamente censado que un ser enfermo y quejumbroso que no va a poder ir a votar, porque está postrado en la cama, o varado en la larga angustia de una lista en la que la única que guarda esperanza es la espera.

El censo de los desaparados