Mediocres

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La mediocridad de nuestros líderes políticos,  no solo a nivel estatal sino también europeo,  refleja la baja catadura social en la que nos encontramos. Gente que se preocupa por destacar en lo inmediato,  aunque esto consista simplemente en tener las tetas más grandes.  De esta manera llegamos a un pueblo que vota por impulso, normalizando conductas del todo punto corruptas, bajo esa cantinela de que “todos son iguales” y  de que “el que no roba es tonto de baba”.  La ineficacia e ineficiencia de nuestras instituciones nacionales y europeas es de tal calado, que en todo el tiempo que llevamos de crisis económica no han resuelto nada. En todo caso, a la vista está,  han agravado la situación.
Así, echamos por tierra la historia de la Humanidad, explicada por Darwin,  que establecía el triunfo de los fuertes y mejores sobre los peores y los más débiles. La sociedad, seguía el signo de la naturaleza y se regía  por la selección de las especies. Efectivamente, en la antigüedad los más fuertes alcanzaban el poder y ejercían su liderazgo que se basaba en la inteligencia. Sin embargo,  cuando las sociedades se estabilizan, el pueblo baja la guardia, y los mediocres han descubierto que, unidos y organizados,  pueden imponerse  los demás.
Es la teoría del  “todo vale” con tal de mantenerse. A partir de  aquí, la ciudadanía,  dominada por una panda de inútiles organizados,  está revuelta, es más inepta, injusta  e  involuciona. Esta es la consecuencia. La mediocridad ha tomado el poder y ha creado un imperio político  controlando la historia con la ayuda de torpes e  imbéciles.
La irrupción de estos mediocres dentro de los partidos políticos nos impone un porvenir más que incierto y caótico, donde la verdad real deja de existir y  se nos ofrecen explicaciones o comportamientos absurdos que a base de repetirse llegan a resultar creíbles. De ahí la explicación torticera de contratos simulados en diferido, la ignorancia de los bienes del marido, sus empresas y sus queridas; las frases políticamente correctas; o, como no,  las fotos con sus poses, en manifestaciones en pro de la causa del momento,  pero sin conocimiento alguno de las razones concretas del asunto. Todo es pantalla. Todo es galería. Nada es real y todo es muy, muy, pero que muy mediocre.  Vamos, que  estos personajes que públicamente nos representan deberían reflexionar sobre  el insulso papel que realizan y preguntarse si realmente la profesión por la que cobran la están desempeñando con un mínimo de dignidad.
Y esta realidad es tan evidente, que nos basta recordar a otros políticos   y sindicalistas nacionales,  como lo fueron Suárez, González, Fraga, Carrillo, Camacho y Redondo. Cualquiera de ellos, fue más brillante que los cabecillas políticos actuales. Estos,  solo intentan que nada cambie, que todo siga igual, porque tienen claro, que una de las cosas que deberían cambiar son ellos mismos y sus responsabilidades, cediendo sus puestos a verdaderos líderes, a mujeres y a hombres que en realidad piensen en el interés común y no en salvar su propio culo.
Al final,  la corruptela y su creencia básica de impunidad no ha salido gratis.  ¿Qué nos creíamos? La masa social y  la electoral consintió demasiado durante demasiado tiempo, y he aquí el precio de tanta tolerancia de lo intolerable. Aunque sólo estamos empezando a pagarlo. Y este problema no se resolverá cambiando un partido por otro,   ni tampoco de la noche a la mañana. Es el resultado de bastantes años. Hemos de evolucionar, pero aún nos queda un largo recorrido.
De cualquier manera, y siendo como es la política una necesidad, debemos aspirar a una mayor intelectualidad en nuestros representantes. De momento, seguiremos escuchando en estos las falsas cantinelas como: “el pueblo siempre tiene la razón”; “creo en la justicia”; “estamos en un Estado de Derecho en el que rige la presunción de inocencia”. Y la más brillante de todas: “¡No me consta!”.
Emma González es abogada

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