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Decía Thomas Carlyle, al referirse a su nación,que “se compone de 10 millones de seres humanos, en su mayor número idiotas”.  Sin comparar el contexto histórico en el que el célebre ensayista británico decimonónico se inspiró para hacer semejante afirmación, hay que reconocer que en la España actual, entre los 46 millones de personas que la habitan, tenemos a unos cuantos. Sólo hace falta ver el penoso espectáculo que día tras día están ofreciendo nuestros dirigentes políticos. 
Una parte de ellos está implicada en casos de corrupción, otra no merecería estar ni al frente de una comunidad de vecinos y al resto se les nota un ansia de poder enfermiza. ¿Se salva alguien? Alguno… creo… Y haciendo esta reflexión me viene a la mente otra frase dicha en una ocasión por mi abuelo ferrolano que decía: “No hay un gallego tonto”, axioma que tuvo su inmediata réplica en un prestigioso abogado gallego al que en tono jocoso un día se la comente, que me dijo -“alguno hay”- y hoy tenemos un buen ejemplo de ello. Ya saben a quién me refiero. A buen entendedor, pocas palabas bastan.
¿Y qué hemos hecho nosotros para merecer esto? Nada. Pero cuando digo “nada” es nada. Como mucho cada cuatro años podemos votar a una candidatura de listas cerradas y dependiendo de dónde vivamos nuestra voluntad valdrá más o menos que el de otro señor residente en otra parte del país.
El resultado es este, un Parlamento fragmentado donde las minorías tienen el mismo poder determinante que las mayorías.
Mientras tanto, usted y yo a trabajar y a pagar impuestos, que para eso hemos nacido. Y como en el pecado va la penitencia, no nos queda otro remedio que aguantar estoicamente este bochornoso espectáculo al ponernos de frente de nuestro televisor tras una larga jornada laboral ¡Qué cruz para los que queremos a España!
La grave crisis económica por la que hemos atravesado sólo ha tenido una cosa buena, y es que ha servido para poner en evidencia las carencias de control de nuestro sistema democrático. Se han removido prácticamente todos los estamentos del Estado, y hemos comprobado hasta dónde llegaba la corrupción.
Ojalá que algún día en la política prime la ética, la honradez, el servicio a los ciudadanos y la búsqueda de la gestión eficaz. Mientras eso llega, me parece que tendremos que seguir aguantando a los idiotas y sus idioteces.
 

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