Hayek y el comunismo

|

Se cumple este año el XXV aniversario del fallecimiento de Friedrich A.Von Hayek,(1899-1992), el centenario de la revolución comunista (1917-2017). 
Hayek fue uno de los pensadores que mejor supo entender el liberalismo y adaptarlo al mundo contemporáneo y el comuismo una de la grandes farsaa y estafas de nuestro tiempo.  
Aunque no siempre fue bien entendido, como suele ocurrir con las mentes geniales, Hayek siempre trató de afirmar la libertad frente a los totalitarismos y de criticar la intervención asfixiante del Estado. Proveniente del socialismo radical, del comunismo,  en la vida de los ciudadanos.
En efecto, Hayek, premio Nobel de economía en 1964, defendió la libertad individual frente a todas las formas de opresión y se caracterizó por una firme posición contra el dogma de que la omnipresencia del Estado equivalía a prosperidad y felicidad automática y mecánica para los ciudadanos. 
El comunismo, en este sentido, demostró que la fe ciega en el Estado y en las estructuras públicas, en la dirección centralizada de la economía y en la absorción de la sociedad por el Estado, trajeron consigo muerte, alienación y una dictadura de la nomenclatura dirigente.
Hayek, además de economista, había estudiado Derecho en Viena. Aspiraba a poner los cimientos de una sociedad libre. En su juventud profesó la fe socialista pero pronto, como la gente inteligente,  cayó en la cuenta de que la utopía socialista era irrealizable y que, en todo caso, su implementación sería contradictoria con sus presupuestos teóricos. 
Entre otras razones porque, como demostró con su maestro Mises, mientras el comunismo asolaba Rusia, este régimen, además de propiciar pobreza material, liquidaba la libertad y la responsabilidad individual. En lugar de tanta libertad como sea posible y tanta intervención como sea necesaria, el comunismo se empeñó en tanta intervención como sea posible y tanta libertad como sea imprescindible; es decir, ninguna.
Tal convicción, que el tiempo no haría más que constatar, partía de que era metafísicamente imposible conseguir y manejar toda la información imprescindible para dirigir racionalmente toda la economía de un país. No sólo por la magnitud y la cantidad de información que debe procesarse, sino porque, como dice la profesora De La Nuez, tal información o no está disponible o si lo está es de modo limitado o fragmentario. 
Es más, a veces hasta la información puede aparecer súbitamente o espontáneamente en respuesta a circunstancias complejas, cambiantes y nuevas que ni se pueden prever ni controlar.
El socialismo, como toda ideología política, ha pasado por momentos de luz y por etapas de oscuridad. La experiencia real de los colectivismos marxistas es la que todos conocemos. 
La aportación de la socialdemocracia al denominado Estado de bienestar ha constituido un punto de partida relevante en orden a la búsqueda y establecimiento de justas reivindicaciones sociales. 
Otra cosa, sin embargo, ha sido la evolución del modelo de intervención pública que ha terminado en muchas latitudes por derivar hacia esquemas de clientelismo. 
En efecto, el Estado de bienestar, que es dinámico en sí mismo, quedó reducido a una versión estática. Así, en lugar de facilitar, propiciar y fomentar el desarrollo solidario y libre de las personas, se orientó hacia la caza y captura, a través de la subvención y del subsidio, de los votos de los ciudadanos. 
En cualquier caso, la sensibilidad social que el socialismo ha dejado en la entraña de las políticas públicas no puede obviarse por más que hoy día tal dimensión sea precisamente la que más se eche en falta en un mundo dominado por la racionalidad económica y el lucro. 
Jaime Rodríguez-Arana es catedrático de derecho administrativo. jra@udc.es
 

Hayek y el comunismo