Cal y arena

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después de iniciales reticencias, varios meses de trabajo y cuatro largas sesiones plenarias, la Real Academia Española (RAE) ha hecho público su informe sobre el lenguaje inclusivo en la Constitución que muy poco después de llegada al Gobierno (mediados de 2018) había requerido la vicepresidente Carmen Calvo. 
La conclusión ha sido que el texto constitucional del 78 no tendría por qué reformarse, ya que “gramaticalmente es impecable”. A su juicio, no plantea problemas lingüísticos. Y las razones que podrían inducir a eventuales modificaciones de redacción son de carácter estrictamente político.
No obstante, en un sutil ejercicio de equilibrios –una de cal y otra de arena- el pormenorizado dossier -155 páginas- parece en ocasiones un manual para feminizar textos. Incluso detalla un par de criterios y métodos que reconoce pueden tener problemas: crear confusión o requerir reiteraciones y paráfrasis.
Una tercera opción, la preferida y justificada por la Academia, aboga por mantener los masculinos –término no marcado– al igual que se hace en las leyes fundamentales de otros países de habla española y de otras lenguas románicas. Esta opción se corresponde con convicciones gramaticales y léxicas. A continuación se lava las manos: a la RAE no le corresponde elegir entre esas alternativas que no se fundamentan en criterios lingüísticos.
Siempre he tenido mis reservas ante la tesis hoy dominante en la docta casa, según la cual quien manda en el idioma es el usuario, la calle, y que a la Academia le corresponde la tarea no de inventarlo, sino sólo de ser testigo del empleo colectivo y mayoritario del mismo. Cativa responsabilidad, me parece. Alguna mayor conducción pienso que le correspondería, como al menos no dar por buenos neologismos que no tienen sentido alguno. 
Bien se sabe que el lenguaje va por libre. Porque todo usuario tiende a simplificar requerimientos que, en realidad y en este caso, vienen a enriquecer un idioma, a mantener su identidad diferenciándolo de otros e incluso a clarificar construcciones gramaticales y sintácticas; en definitiva, a facilitar la comprensión misma de lo dicho o escrito. Y en este sentido no sé si la Academia no habrá pasado de un rigorismo y purismo excesivos a un permisivismo en el que antes o después todo termina por valer. 
El lenguaje inclusivo para con él dar mayor visibilidad a lo femenino ha sido impulsado por la izquierda política, asumido de buenas a primeras por la derecha y asentado en definitiva por los medios que lo reproducen y expanden, especialmente en la información audiovisual. 
Hay desdoblamientos o flexiones de género que rechinan un poco, pero no porque resulten más forzadas que otras, sino porque no estamos acostumbrados a ellas por falta de empleo. Lo de presidenta o alcaldesa, por ejemplo, ya está más que asumido. Pero portavoza, fiscala y otros, no tanto. Cuestión de uso. 
De todas formas, personalmente me quedo con lo preceptuado por las normas gramaticales.

Cal y arena