Angrois, el pueblo que siempre se levanta

varias flores depositadas ayer en angrois efe/lavandeira jr
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A Javier Álvarez, policía nacional de la comisaría de Santiago, la tragedia del 24 de julio le ha hecho descarrilar el ánimo. Esta semana ha vuelto a hablarle a esa curva maldita, la de A Grandeira, aquella donde el impacto de un tren Alvia acabó con muchas vidas y partió a la mitad otras tantas.

Javier ha esperado hasta el 1 de agosto para volver a poner un pie en Angrois, núcleo compostelano que ha vivido un accidente con toda su crudeza y decibelios: topetazo, servicios de emergencias, víctimas, gritos, llanto, muerte...

Los vecinos del barrio han peleado contra la adversidad y solo ellos saben el sacrificio que les ha supuesto su hazaña. No es la primera vez que este pueblo, que siempre se levanta, tiene que bregar contra la adversidad, aunque nunca antes con tantas secuelas psíquicas.

Año 1985. Un invierno durísimo. La lluvia derrumba un talud que cae sobre la vía por la que está a punto de pasar el último Talgo del día. "Se enchufó en el barro", recuerda uno de los residentes en este lugar, que no ha borrado de su mente aquel siniestro, solo unos metros más allá de la franja en la que menos de tres décadas después ha colisionado un convoy más moderno que los de antaño.

Angrois se enfanga, en los años ochenta, en el lodazal. "Esto no estaba como hoy. No quería bajar ni el burro por allí abajo". Pilar Ramos, 'Pilarita', y Pepe, de O Tere Bar, a escasos metros de la infraestructura ferroviaria, no lo dudan. Acuden a socorrer a los pasajeros y, como ellos, los demás.

Entre todos levantan una pasarela con tablas. Sacan del interior de este transporte público a los viajeros. Por suerte, están bien.

Las maletas las dejan. Era imposible. Cuando el pasaje está fuera, les ofrecen mantas, ropa de abrigo, cafés y comida, mientras esperan a los autobuses que han de recogerlos.

"Tardaron porque llamaban y decían ¿pero Angrois dónde queda?".

Lo cuenta Miguel, que sabe, por su padre, que "aquella noche llovía que daba miedo y el terraplén de tierra era tremendo".

"Algunos de los que ayudaron -prosigue- ya no viven, y otros de los que han colaborado este 2013 en un desastre de grandes dimensiones, por aquel entonces ni siquiera habían nacido".

31 de agosto de 2001. Otra fecha grabada a fuego. Un buen verano y cuatro niñas están corriendo con sus bicicletas al lado de los raíles, estampa habitual en una población conectada, por su cercanía, con el ferrocarril. Una de ellas se asusta. Mal presagio.

No esquiva el tren y muere arrollada.

24 de julio de 2013. Un Alvia que cubre la ruta entre Madrid y Ferrol choca contra un muro de hormigón tras pasar la curva de A Grandeira a 179 kilómetros por hora en un lugar en el que el libro de ruta indica que no se puede ir a más de 80.

Humo, luces que parpadean, desolación, desesperanza, agentes de la Policía Nacional, de la Local, Guardia Civil, voluntarios de Protección Civil y de Cruz Roja, sanitarios del 061, facultativos, enfermeros, trabajadores sociales, funerarias, bomberos, psicólogos...

Javier Álvarez, el curtido policía nacional, no se anda con paños calientes a la hora de describir lo que vio: "Desgarrador. Cualquier cuadro era propio de una película de terror".

Él había entrado en el turno de noche, cuando sonó el teléfono con un mal augurio. Le toca ver, por ejemplo, a una mujer sin un pie. "No sabes a quién ayudar".

José Sieiro, de Protección Civil de Caldas (Pontevedra), a sus 35 años, pese a estar vinculado desde el curso de 1998 a la atención de emergencias, nunca había presenciado un suceso semejante, como este, que "quema la retina".

Hubo, en esa labor de cooperación, paradas necesarias, explica al igual que antes lo hace Javier, porque si no te detienes un instante "la adrenalina te tira al suelo. Eres más un estorbo que una ayuda. Yo necesité sentarme un minuto a respirar en paz".

Ana Martínez.

Una pausa, pequeña, para volver a la ingrata faena. El mismo paréntesis que ahora precisa porque "el impacto psicológico ha sido fuerte y el ánimo está por los suelos".

Cada cierto tiempo la desgracia sacude a Galicia, ya sea en forma de catástrofe medioambiental, como la marea negra del Prestige en 2002, o de drama humano, con las 79 muertes y los más de 150 heridos del accidente del Alvia en Angrois, una 'zona cero' que quizás para regresar a su rutina tenga que alejarse mentalmente de ese trazado.

Angrois, el pueblo que siempre se levanta