Eduardo Fra Molinero

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Teño a Andaba Eduardo Fra Molinero por el Santiago sesentayochista con la discreción y la elegancia que le son propias. Nada reñidas, sin embargo, con el compromiso y la tendencia. O la beligerancia. Pero sin aspavientos, con la palabra justa (y necesaria, como dicen en misa). Ahí conocí yo a Eduardo Fra Molinero, del Bierzo, con su aquel de leonés (de Ponferrada, más bien, otra cosa) pero muy escorado hacia Galicia.
 Cuatro años mayor que yo, por lo que Eduardo, residente en Santiago, su padre, alto funcionario de Correos allí destinado, terminaba la carrera de Filosofía y Letras, el curso que yo la empezaba; 1967-68, pues. Lo que pasa es que Fra Molinero resultó expedientado, y hubo de terminar la carrera en Valencia. Desde 1976, luego de la preceptiva oposición recala en Ferrol, donde se instala hasta la jubilación en el Instituto “Concepción Arenal”, compaginando sus tareas docentes con las que desarrolla en la UNED.
 Pero aquel viejo compromiso lleva a Eduardo a ejercer tareas municipales, como concejal en las filas del PSOE, hasta que viendo contradictoria su posición ética con la adoptada por el partido socialista ante determinados aspectos, dimite y marcha para su vivienda naronesa, donde en un ámbito tirando a bucólico ocupa su tiempo en labores diferentes, entre ellas la de la escritura, que es la que me hace traerlo hoy aquí. 
A comentar la última novela de Eduardo Fra Molinero, de la que me hice cargo un día del mayo pasado (por agua, poco), en el “Derby”, ese café tan agradable, donde dan un café apetitoso, con resonancias morodianas, pues su fundador fue el padre de Raúl Morodo, ferrolano de largo recorrido. Como el “Derby”, por cierto, uno de mis enclaves ilustrados, con Ramón Loureiro, mayormente. 
Pero hoy quiero hablar de la última novela de Fra Molinero, De nieve y carbón (Paradiso Gutenberg, Santiago de Compostela, 2018). Toda una historia coral, aunque tenga como protagonista a una mujer llamada Puri (primer título de la novela, La pureza de Puri, rechazado por su editor, Valentín Carreira, y por mí mismo; a otros les gustaba, gustos y colores, ya se sabe) que a mí me recuerda, en sus comienzos, y en su irresistible ascensión parisina, a Carolina Otero. Similitud caprichosa por mi parte, y es que las violaciones son algo tan viejo –y desgraciado- como el mundo y la necesidad –y la picaresca- han llevado a mucha gente a buscarse la vida a la sombra de personas dispuestas a compensar los amores mercenarios. Quiero decir con esto que De nieve y carbón tiene bastantes mimbres para componer un cesto lleno de picardías. La España de negruras recurrentes hace el resto. Eduardo Fra, amante de las historias pequeñas que brotan de las atmósferas mínimas de los pueblos, pondrá lo que falta y eso que ganamos todos al aire que baila Puri, camarera en un café que podría ser el de La colmena. Solo que sin una Doña Rosa que vele por las perspectivas, que de ello ya se encarga Eduardo Fra Molinero. Perspicaz retratista, minutero, de los personajes que pueblan su café enclavado en un horizonte minero. Un poco de posguerra (la nuestra, la que el niño Eduardo estaba percibiendo) con su policía como factótum de una sociedad dispuesta a acusar como acto de autoexculpación.
 Ese policía es todo un hallazgo, en un café cargado de humo y una camarera guapa que va y viene por entre unos veladores cargados de un erotismo muy poco sutil (si no fuera porque el estilo, y el concepto, de Eduardo Fra, sí lo son). Luego la historia pega un quiebro brusco y marcha a París. Donde Purita ejercerá de “bonne de chambre” (en su “chambre de bonne”, naturalmente), y el neonaturalismo del autor ponferradino (recriado sentimentalmente entre Santiago y Ferrol, ya se ha dicho) se nos afrancesa, que no es mala manera de darle la vuelta al calcetín o a la “omelette”. 
Y no voy a seguir contando porque no quiero hacer “spoiler”, como dicen los refitoleros de hoy en día –abundan- confundiendo hacer con hecho. Verbo, “to spoil”, que vale –además- para mimar. Que es lo que busca Puri, tan filantrópica ella, que la quieran, que la mimen. 
En medio de todo esto hay un Valle del Silencio y, se me ocurre, el estilo framolineriano tiene mucho que ver con una cierta estética del silencio. Por lo menos con aquella que dice, con Wittgenstein, que el silencio solamente se debe romper si es para mejorarlo. Lo que hace Eduardo, un hombre que venía a la órbita progresista desde aquel catolicismo posconciliar, al que tanto debimos tantos. La propia Puri no llegó a catarlo sino marginalmente pero yo sé que su actitud generosa (Carolina Otero, de Valga (Pontevedra), también la tuvo) no estaba demasiado lejos de semejante concepto. Lo cual que he venido hoy aquí a hablar de un libro que me ha calado hondo, y que me lleva –con su autor- a aquellos días de hace medio siglo, qué lejos pero también qué cerca, como en la canción de Daniel VIglietti. Pero no porque aquí se hable del Mayo del 68, tan recordado estos días. Que bien podría Eduardo Fra Molinero. Quien si lo hace es disparando por elevación. Otra manera de querer seguir estando. Como Puri, con toda su pureza. Ahora sí, Eduardo. “Allora dai!” (como en aquella otra canción).

Eduardo Fra Molinero