Narcisismo

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En un pequeño teatro de provincias, a poco de haber finalizado la guerra civil, salió al escenario una folclórica de buen ver y vestida al uso, que para iniciar su actuación gritó con voz potente: “¡Yo soy España!”. Un buen señor de la primera fila, que andaba distraído y a otra cosa, incluso no sé si sería un poco “teniente”, al verse sorprendido por semejante declamación, dando un pequeño respingo en el asiento, soltó un “¡Arrea!” que resonó en toda la sala. Se armó un pequeño revuelo, pues a la gente, por entonces en plena efervescencia patriótica, no le gustó nada la interrupción. Y menos de una actuación que prometía ser memorable, según el parecer de quienes me relataron el episodio.
También sé de buena tinta que el protagonista de la anécdota no tenía la más mínima intención de molestar a nadie, simplemente se vio sorprendido por una declaración tan rotunda. Los pobres mortales, sujetos a nuestras deficiencias y limitaciones, nos vemos sorprendidos muchas veces por las actitudes y actuaciones de quienes creen encarnar algo superior. El narcisista, tímido activo, según el famoso estudio sobre el suizo Amiel de don Gregorio Marañón, vive pagado de sí mismo. En realidad, aunque a veces den el pego, suele tratarse de gente bastante rara e insoportable. Bien es verdad que esto último el narcisista no lo saben; más bien, piensa que son las limitaciones de los demás, incapaces de valorar adecuadamente sus capacidades, las que provocan dificultades en sus relaciones.
Aunque no soy un experto, a mí me parece que el narcisismo no tiene cura, la única ventaja es que no hay que compadecer a quien lo padece, pues suele ser feliz en su paranoia. Ahora, eso sí, como uno encuentre en su camino a uno de estos vas apañado; sobre todo si es en el trabajo o en cualquier otro ámbito inevitable de la vida social. Desde luego soy partidario de respetar a todo el mundo y de que a todos nos vaya bonito, según cada uno pueda y sepa; pero sí que advierto a los navegantes que el narcisista no es así, todos han de estar a su servicio o, como mínimo, valorar su excelencia de forma clara y explícita.
Dicen que fue Némesis, la diosa de la venganza, quien condenó a Narciso a enamorarse de sí mismo, al ver que su extrema vanidad le llevaba a rechazar a todas las mujeres. Un poco de misoginia sí que hay en todo esto, pues el narcisismo extremo suele ser cosa de varones, aunque también afecta a las mujeres. Ya le ocurrió a Eco, una de las pretendientes de Narciso, que acabó languideciendo en su propia maldición repetitiva. A veces ante determinadas actitudes y comportamientos, incluidas las de algún que otro político perdedor en las últimas elecciones, dan ganas de decir: “¡Arrea!”.

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