“Mi idea no es llegar a envejecer en África, me gustaría volver a Galicia”

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Rebeca Atencia (Ferrol, 1977) se marchó hace once años al Congo para trabajar en un centro de reintroducción de chimpancés y, tras entrar en contacto con Jane Goodall, pasó al santuario de Tchimpounga. La ferrolana dirige ahora el Instituto Jane Goo-dall Congo y el Centro de Rehabilitación de Chimpancés del IJG en Tchimpounga, Congo. Además, está a cargo del complejo proceso de reintroducción de primates.
Pese a que hace años que se ha ido de su ciudad, vuelve cuando puede y acaba de dejar Ferrol tras pasar aquí sus vacaciones de verano.

¿Qué lleva a una ferrolana a trabajar en el Congo?
No es de un día para otro. Ya desde muy pequeña yo tenía mucha atracción hacia los animales salvajes porque vivía en Ferrol, a las afueras, donde está Chamorro, por la zona de Serantes. Con mis hermanas estaba todo el día en el monte buscando animales salvajes, así que digamos que es un sueño que tienes desde niña. Poco a poco, a medida que vas creciendo, diriges en ese sentido tu carrera profesional.
Trabajé en España en diferentes zoos y safaris con animales en cautividad, pero sobre todo a los grandes simios yo quería darles algo más. Ejercía como veterinaria pero tenía ganas de ver lo que era una reintroducción y cómo era devolverles la libertad. En esa época, hace 12 años, estuve buscando información y el único lugar en el que se hacía reintroducción de chimpancés en el ámbito natural era el Congo, así que me metí en esa aventura. Fui primero de visita y luego me ofrecieron trabajar en un centro de reintroducción durante un año. Me fui por un año y llevo once. Sabes cuando te vas pero no sabes cuando vuelves.

¿Cómo entró a formar parte del santuario?
Iba a terminar mi año y vino gente del instituto Jane Goodall, entre ellos Jane Goodall, a la zona donde yo estaba trabajando. Teníamos un centro de rehabilitación en el Congo, pero estaban en un momento un poco de saturación porque tenían muchos chimpancés pero no tenían soluciones o planificación a largo plazo. Entonces nos conocieron a mí y a mi marido y nos ofrecieron ir a trabajar en su centro tres meses.
Realmente era como el reto de buscar una solución y nos gustó mucho cómo se trabaja allí porque es un acercamiento multidisciplinar, donde se trata de hacer conservación todos juntos, no solamente un chimpancé o un elefante, sino que nosotros también formamos parte de la Tierra y en este proyecto de conservación también influye el ser humano.

Es una labor entonces muy orientada al entorno.
Claro. En la zona en donde trabajamos, hay muchos pueblos alrededor y en ellos muchos eran cazadores. Si tú les dices “no, ahora dejas de cazar”, tienes que darles alternativas, es decir, “dejas de cazar, pero tienes esta opción o esta opción”. Lo que se ha hecho en este proyecto es plantear que los chimpancés necesitan comer fruta, entonces formamos a la gente de los pueblos para que planten frutas y verduras que en principio compramos nosotros. Cuando produzcan más ellos podrán venderla en la ciudad y terminarán sin la necesidad de ir a la selva para cazar porque ya tienen recursos que obtienen directamente del desarrollo de la economía local. Trabajamos en esa dirección y en la zona en la que estamos la gente te admira mucho, porque entienden que nuestra presencia ayuda a que su estado de bienestar y económico mejore.

¿Se perciben muchos cambios culturales en este sentido?
Se nota un cambio generacional muy grande y eso es algo muy impactante. Lo que intentamos es que los niños tengan más empatía con los animales y con su entorno. No solo hablamos de la naturaleza, sino también en el ámbito familiar. Entonces hacemos campañas educativas en los colegios y a nivel general en la ciudad, y es increíble como existe un cambio. Es algo impensable en países como España, Congo está muy receptivo a estos cambios. Cuando empecé en este centro llegaban una media de 12-14 chimpancés al año, eso es una barbaridad, sin contar todos los chimpancés que ya han asesinado en la selva. En unos cinco o seis años, ha bajado tan drásticamente que ha llegado uno en los últimos meses.

En comparación, ¿considera que la gente en España no está concienciada?
En España, o en Galicia en concreto, yo creo que la gente no está concienciada porque no nos damos cuenta del impacto que podemos tener tan lejos.
No nos damos cuenta de que el hecho no es que no comamos carne de chimpancé, eso ya es lo último, sino que el problema es el que están teniendo muchas especies, nosotros mismos lo estamos teniendo: la destrucción del hábitat.
Desde Galicia colaboramos si no somos coherentes cuando vamos a comprar madera. Simplemente una cosa tan sencilla como preguntar ¿de dónde viene esta madera? Si es de África o de un país tropical simplemente no compres esa madera, compra otra de plantación donde existe la seguridad de que no es una tala ilegal. No nos damos cuenta de que esas selvas son los pulmones que nos dan oxígeno a occidente y de que estamos destruyendo esos pulmones. La acción individual de cada uno de nosotros tiene un impacto directo sobre las selvas tropicales y las especies que viven en ellas. Yo creo que es una falta de información.

Después de estos once años, ¿le gustaría volver a Ferrol?
Mi idea es volver. Le tengo mucho cariño a Ferrol en concreto, yo no sé por qué, debe tener algo especial. Va cambiando más y más, pero tiene algo especial. Mi idea siempre es volver a Ferrol, aunque no sea para vivir allí, pero sí estar más presente y volver a España como mínimo. Mi idea no es envejecer en África, podría ir de vez en cuando, pero me gustaría volver a Galicia, desde luego.
Lo que ocurre es que cuando estás en un proyecto con tantas emociones y tantas ataduras con los chimpancés, que son seres vivos muy cercanos a nosotros, no es algo que se pueda dejar de un día para otro. Es algo que hay que dejar poco a poco. Más gente tiene que venir y reemplazarte. De hecho ahora mismo hay otra ferrolana en el Congo, una chica que se llama Sofía Fernández Navarro Falero, que es psicóloga. Como los chimpancés son tan cercanos a nosotros, la parte psicológica es muy importante para su estado de salud. Esta chica vino hace dos años como voluntaria unos meses para hacer un estudio específico y fue increíble como encajó entre ellos, ya lleva dos años también. Casi parece que los ferrolanos estamos repoblando el Congo.

¿Hay algo que se eche especialmente de menos?
Sobre todo la familia. No solo hablo del núcleo familiar de padres e hijos, ya que en Galicia tenemos familias grandes: tus abuelos, tus tíos, tus primos... Entonces esa unión, las comidas familiares... Eso se echa de menos. En Congo estás trabajando, con sueños cumplidos, pero luego empiezas a valorar cosas más pequeñas, el día a día. Simplemente irte con tus tíos a tomarte unos mejillones a no sé dónde. Son cosas muy pequeñas, pero muy importantes porque es el día a día y eso es lo que más se echa de menos. n

“Mi idea no es llegar a envejecer en África, me gustaría volver a Galicia”