lunes 22.07.2019

Venezuela

El deterioro institucional de Venezuela no es de ahora. Es consecuencia de los hechos políticos acaecidos a mediados de los noventa que pusieron fin a la época del Pacto de Puntofijo de 1958 que liquidó la dictadura de Marcos Pérez Jiménez. Efectivamente, la represión del Caracazo y los intentos de golpe de estado previos a la destitución judicial de Carlos Andrés Pérez culminaron con la elección democrática del ex golpista Hugo Chávez.

Desde su independencia, el petróleo supuso épocas de fortuna alternándose con otras de miseria. Venezuela lo fía todo al oro negro. De ahí sus graves problemas, a mi modo de ver.

De mi etapa compostelana, permanecen en mi memoria experiencias de mediados de los noventa contados por “gallegos venezolanos” que me permiten tener una visión personal de la situación “allá”, equivocada o no. Unas relatadas por los que hicieron mucha plata, los menos, participando sin escrúpulo alguno en la desforestación en su propio beneficio, eso sí, obligados a vivir aislados para evitar extorsiones y secuestros con continuos viajes de diversión de fin semana a la República Dominicana. Otros, los más numerosos, se hicieron con alguna propiedad, léase apartamento o piso, para, de regreso a Galicia, completar las rentas que ganaban en España. Incluso, algunos tuvieron que regresar, con mucho dolor, a Caracas para defender su propiedad.

Veinte años después, de nuevo estamos ante un Estado fallido. Ahora, con dos poderes. El de Maduro, sin reconocimiento internacional, controla el uso de la fuerza; el de Guaidó, apoyado por las democracias occidentales y parte de América Latina, trata de hacerse con las riendas del país.
Otra vez, un apagón, uno de tantos, hunde todavía más a los venezolanos. Casualidades de la vida, viví con preocupación el de 2013 debido a la llegada, en aquellas fechas, de uno de mis hijos al Aeropuerto Simón Bolívar en plena oscuridad, testigo, luego, en primera fila de saqueos y violencia callejera. 

Hiperinflación, pobreza, desigualdad, hambre, desabastecimiento general y, sus consecuencias, violencia, secuestros, muertes y todo tipo de delincuencia imaginable asfixian a los venezolanos. ¿Alguien se acuerda de ellos?  Quizá sea hora de que las Naciones Unidas tomen cartas sobre el terreno, de que Maduro dimita por incompetencia y corrupción y de celebrar elecciones constituyentes para que, de verdad, pueda vivir en paz, en libertad y progresar el pueblo venezolano.

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