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La política de los chimpancés

Nunca me ha entusiasmado pensar que, como especie humana, descendemos del mono. O de los chimpancés, para ser más exactos. Ni que para llegar hasta el homo sapiens, hayamos pasado por el homo neandertal, el daliensis, el erectus, el hombre de flores, el de Luzón y el homo longi, el último descubierto, que vivió en Asia hace 146.000 años más o menos. Tampoco me apasiona saber que compartimos con los chimpancés un porcentaje de nuestros genes cercano al 99 por ciento. Pero después de escuchar a José María Bermúdez de Castro en su discurso de ingreso en la Real Academia de la Lengua no se si estoy más tranquilo o más preocupado.

 

Este paleoantropólogo, biólogo, Premio Príncipe de Asturias de Investigación Científica y Técnica en 1997 por sus trabajos como codirector de los yacimientos arqueológicos de Atapuerca (Burgos), espacio declarado Patrimonio de la Humanidad por la Unesco, afirmó en su discurso que aunque estemos convencidos de nuestra singularidad como especie, nuestro parecido con nuestros ancestros los chimpancés y otras especies de primates es extremo. Incluso en actividades como la política.

 

Los chimpancés practican la política y no de manera muy diferente a la nuestra, aquí y ahora. Los machos alfa consiguen y mantienen su poder con habilidad y astucia. Las alianzas entre machos permiten que uno asuma la dirección del grupo mientras los otros --los barones, “el aparato” del partido, los asesores, eso lo digo yo, no Bermúdez de Castro-- si se mantienen fieles, reciben un trato especial, por ejemplo, más alimentos. “¿Tal vez una especie de soborno?”, se preguntaba el académico. “¡Por supuesto!”, se respondía. Defienden su territorio, a veces con violencia, mediante la colaboración de varios machos y, si es necesario de las hembras. A veces algunos machos de jerarquía inferior unen sus fuerzas para derrocar al macho alfa, pero, en otras, cuando éste está mayor, se adelanta a esos movimientos “eligiendo” sucesor entre los machos jóvenes para seguir influyendo en el poder. A dedo. Los líderes de la manada se ganan el favor de algunas hembras si besan o sostienen a salvo a sus hijos --¿les suena?-- y las alianzas entre machos o entre machos y hembras cambian en función de las circunstancias. Las hembras parecen tener menos poder --aunque no es así en todas las especies-- y suelen intermediar, incluso desarmar a uno de los machos, cuando se produce una pelea. Además, según otras investigaciones, los chimpancés tienen empatía, siguen a rajatabla las reglas sociales del grupo, tienen un sentido muy claro de la equidad en el reparto de los recursos, cultivan la amistad, en la senectud se ríen a carcajadas, como nosotros, sonríen ante situaciones hilarantes y hasta envejecen con una calidad de vida satisfactoria.

 

Lo nuestro, según el nuevo académico, no es muy diferente: “Aún en las democracias mejor asentadas, el partido político no es sino la representación del macho alfa, puesto que quienes pertenecen a ese partido se comportan como una unidad. Las alianzas, intrigas, enredos, etc. forman parte de la actividad política. No hemos inventado casi nada, aunque nuestros métodos sean diversos y mucho más sofisticados”. Después de escucharle atentamente no se si admirar más a los hermanos chimpancés o preocuparme por lo mal que usamos nuestra “inteligencia superior” y lo poco que hemos aprendido y mejorado en miles de años. Entre otras cosas en la forma de hacer política.  

La política de los chimpancés

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