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El pasado no es un país extraño (II)

n medio del mar, como víctima de un poder telúrico, Sicilia parece haberse desgarrado de la punta de la bota que es Italia.

Bajo la sombra del Etna, el agua y el fuego conforman un paisaje inspirador donde una lista interminable de templos griegos, villas romanas, palacios barrocos y catedrales normandas o bizantinas hacen de la isla una fuente inagotable de cultura y de historia cuyas raíces se agarran a la fértil tierra volcánica a la que oleadas de cartagineses, griegos, romanos, árabes, fenicios, españoles y quién sabe cuántos pueblos más, dieron, entre refriegas y achuchones, lo mejor y lo peor de sí, otorgándole ese carácter multicultural que compartimos los pueblos que hundimos los pies en el Mediterráneo.

Mucho más que idílicas playas de color esmeralda y tópicos cinematográficos y literarios al estilo de El Padrino o el Gatopardo con los que frecuentemente se identifica, se ha dicho que Sicilia es un libro que muchas manos escribieron durante largos milenios pensando en nosotros y que, al leerlo, nos regala la certeza de que nada ha desaparecido.

Allí siguen, como testigos de la historia, una enorme cantidad de tesoros en los que alguien, en el pasado, invirtió una cantidad ingente de recursos, dedicación y esfuerzo, haciendo de ellos símbolos transmisores de valores religiosos y culturales cuyo poder de permanencia y seducción llega hasta nosotros.

Todos los contrastes están en Sicilia. Desde Siracusa, en la costa oriental de la isla, hasta Palermo, en la costa occidental, en esta tierra castigada por terremotos y erupciones volcánicas y por la mafia, siempre presente, nosotros nos movemos por carreteras bordeadas de enormes plantaciones de naranjos, limoneros, almendros, chumberas y todo un derroche de vegetación y colorido.

En medio de un tráfico armoniosamente anárquico recorremos las ciudades sicilianas descubriendo las expresiones piadosas de los ricos mosaicos bizantinos que inundan de color muchas iglesias y los modestos altares populares que aparecen en cualquier callejuela; nos asomamos al paganismo en la fuente de Aretusa, donde la ninfa se convirtió en corriente de agua para preservar su virginidad y disfrutamos momentáneamente ese sibaritismo al alcance de pocos, tan excesivo como actual, que rezuma en las estancias de la villa romana de Casale.

Rehecha una y mil veces a los pies del Etna, una Catania profundamente barroca y de apariencia española resulta seductora hasta el mareo. Admito entonces que no me cambiaría por nadie en esos momentos en los que, como atraído por una fuerza ancestral, en un remolino extrañamente hermoso, la imaginación me lleva lejos en el tiempo sobre los templos de Agrigento, imponentes entre olivos, almendros y flores de acanto, o se cuela en la oscuridad y el eco de la cueva que llaman la Oreja de Dionisio, en Siracusa, mientras el recuerdo de la cumbre nevada del Etna vuelve a mí como el más hermoso telón de fondo del antiguo teatro griego de Taormina, colgado en lo alto de una colina sobre el azul inmenso del Mar Jónico.

Mientras nuestras sandalias multicolores invaden las mismas calles empedradas llenas de gente ruidosa que, muchos siglos atrás, oyeron a los sabios y a los filósofos hablar de la virtud, la justicia y el conocimiento uno no puede dejar de reconocer que una grandísima parte de las leyes, las costumbres y los conocimientos técnicos que hoy nos facilitan la vida cotidiana provienen de las mentes inquietas de aquellos que nos precedieron. Tal vez fue el mar de Siracusa el que movió a Arquímedes a preguntarse por qué flotan los cuerpos o quizá Platón, preso del tirano en las Latomías de la misma ciudad, se entregó a la utópica búsqueda de la siempre inconquistada justicia universal.

Lo cierto es que Roma descubrió la civilización en estas ciudades de la Magna Grecia, la asumió y la legó al mundo de modo que todo el conocimiento de la antigüedad llegó a ser la base de nuestra propia cultura. Tanto es así que Sicilia es para nosotros el Ómphalos de la civilización, el ombligo de la verdadera Europa al que estamos unidos por un pasado común y, para nada extraño, con todas sus luces y sus sombras.


El pasado no es un país extraño (II)

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