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Lola Rivero

La Sala de Exposiciones del Colegio Oficial de Médicos, sita en Riego de Agua, ofrece una muestra de pintura de Lola Vivero ( Madrid, 1955) doctora en Filología Francesa e investigadora en el terreno de la lingüística, lo que se ha traducido en el estudio de textos literarios y en la publicación de obras, como “El texto. Teoría y análisis lingüístico” (Editorial Arrecife, 2001). Dotada, sin duda, de temperamento artístico, desarrolló paralelamente un trabajo en el terreno de la pintura, a la que pudo dedicarse de modo más sistemático, a partir de 2010.  Casada con un coruñés, su vida ha transcurrido entre A Coruña y París y es en esta ciudad donde se empapa de los movimientos renovadores de la pintura francesa, sobre todo del impresionismo, al tiempo que acude al Louvre como copista y asiste a los “Ateliers de Beaux-Arts de la Ville de Paris”, con la pintora Veronique Masurel.  
 

En la obra que expone aparecen temáticas de paisaje  (especialmente el marino) y obras muy cercanas a la abstracción que conectan con aspectos del informalismo, del arte gestual e, incluso, de la abstracción lírica; en todas ellas da muestra de una exquisita sensibilidad y de un dominio del color y de la armonía compositiva que se manifiesta en una poética visual, que quizá no es ajena a sus estudios de poesía. Cuando recoge las luces de nuestra mar, como en sus” Paisaxes mariñas” I, II y III, “Praia”  ,”Marisma” u “Ondas”, usa, preferentemente, las gamas frías, grises azulados o violáceos ,sobre todo, para crear espacios de lejanía y evocaciones del más allá, o bien pinta las atmosféricas incitaciones de las viajeras nubes que lo envuelven todo en un aura de misterio. Puede llevarnos también a la absorta contemplación de la quietud  pasajera, como en “Praia”, donde el liso plano de clara arena se enfrenta a unas ondas oscuras de tonos terrosos que parecen presagiar amenazas del abismo  o escondidas corrientes telúricas. 

Hay obras donde la policromía de la mancha  se convierte en un lirismo vivo, ya exultante y gozoso, como en el “Homenaje a Soutine”,  o ya de incitaciones expresionistas, como en “As catro estacións”. 
 

Un capítulo importante de la muestra, tanto por lo que pueden significar las filiaciones que tiene su pintura como por la admiración que demuestra, son los homenajes que hace a varios pintores; entre ellos están el “Homenaje a Turner”, todo un ejemplo de envolventes y atmosféricas auras en tonos complementarios de amarillo-anaranjados y azules-violáceos. El “Homenaje a Monet II” es una deliciosa evocación, casi abstracta, de sus Ninfeas, que se traduce, en su cuadro, a acuosos hálitos violáceos punteados de ligeras manchas doradas. El “Homenaje a Matisse” recuerda el fervor del fauvismo, en empastes potentes y vibrantes contrastes de rosáceos, rojos y azul-verdosos. Su obra sigue, sin duda, los postulados renovadores del arte contemporáneo, que se aleja de la figuración para buscar, como  proponía Matisse, la esencialidad y la emoción anímica. Espacio imaginario, color autónomo, todo eso está en L. Vivero.

Lola Rivero

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