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Educar a tiempo

en medio de una inflación sin parangón, continúa el trajín de compra de libros, material escolar y ropa colegial. Los bolsillos se resienten mientras la mayoría de padres están más preocupados por cuadrar las cuentas de sus economías domésticas, que por aleccionar a sus hijos de cara al nuevo curso que acaba de comenzar.


Pero es del todo imprescindible olvidar la calculadora y la presión o, incluso, la depresión laboral, para compartir un rato de conversación productiva con los que el día de mañana dirigirán y mantendrán nuestro país, nuestras empresas y, de algún modo, nuestras vidas.


Al colegio se va a aprender materias que preparan a los más jóvenes para el día de mañana, pero también se va a socializar. Y he ahí donde ya deben venir enseñados de casa.


Es necesario que nuestros hijos sepan que todos sus compañeros son iguales a ellos, con indiferencia del color de su piel, de sí son altos, bajos, gordos, flaquitos, tienen una malformación física o algún tipo de trastorno psíquico o emocional.


Hay que recordarles que no tiene nada de malo llevar las mismas zapatillas todos los días y que una mochila gastada o sin marca, hace la misma función que un carrito o que una de última generación.


Es indispensable explicarles que la escuela no es un centro de competición, ni un lugar donde se critica, se humilla, o se excluye a nadie por ser diferente.


Deben saber que, de hacerlo o de ser cómplices activa o silenciosamente de tales prácticas, recibirán un castigo que hará que se les quiten las ganas para siempre de burlarse de nadie.


El tiempo apremia. El momento es ahora que todavía están bajo su control. Después será tarde, porque no solo se divertirán haciendo daño a sus compañeros más débiles, sino que les tomarán a ustedes por el pito del sereno.


Si queremos construir un mundo mejor, debemos empezar por despojarnos de la estupidez que habita en las mochilas de muchos adultos y que, pretendiéndolo o sin pretenderlo, transmiten a unos hijos que suelen absorber como esponjas lo que menos conviene, ya sea por medio de dejes, ejemplos o estilos propios de los estúpidos.


Albert Einstein solía repetir que dar ejemplo no era la principal manera de influir sobre los demás, sino que más bien era la única. Piensen ustedes si prefieren ser recordados como unos cretinos que no supieron hacer su trabajo como padres, o como unas personas responsables y conscientes de su aporte a la sociedad por medio de unos niños educados en el respeto hacia su prójimo.

Educar a tiempo

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