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El arma del Juicio Final

Toda la perversidad de que es capaz el ser humano parece estar contenida en el submarino de la armada rusa K-329, también llamado Belgorod. Lo paradójico de ese artefacto bélico es que también contiene el fruto del talento y del progreso científico de la Humanidad, esto es, de su parte teóricamente más admirable. El K-329 Belgorod es un monstruo engendrado en la coyunda desquiciada y brutalmente asimétrica entre el bien y el mal.


Ese sumergible que, por lo visto, lleva a bordo el Arma del Juicio Final, el mega-torpedo nuclear Poseidón, dispone de todo lo habido y por haber, de todo lo imaginable e inimaginable, para destruir prácticamente todo. Sólo el torpedo ese, de 20 metros de largo, puede pulverizar una gran ciudad costera mientras crea un tsunami de proporciones bíblicas que, sobre liquidar la vida marina, rompe de raíz todo equilibrio natural, envenena la atmósfera en un radio enorme y deja su detritus letal para el caso de que alguien o algo sobreviviera a su impacto. Pero lleva más cosas, más torpedos, más armas nucleares, y encima, por si lo que lleva fuera poco, lleva también en su vientre metálico un enjambre de pequeños submarinos que pueden cargarse, sin ir más lejos, el gasoducto Nord Stream. En efecto; el Belgorod es un sumergible nodriza que amamanta una nube de críos tan monstruosos como él, bien que su filial monstruosidad se destina a pequeños trabajillos como el antedicho: túneles, cables submarinos de comunicaciones, razias contra naves y puertos...Botado hace poco, el K-329 se estrena operativamente merodeando éstos días por el Ártico, esto es, bajo sus hielos, pero como también es bastante indetectable y puede estar tres meses sin emerger a la superficie, las armadas de la OTAN se están volviendo locas buscándole, siquiera para saber dónde está y desde dónde puede vomitar sus tósigos de destrucción y de muerte. No sabemos dónde se halla exactamente el Belfegor, perdón el Belgorod, pero sí por dónde más o menos y, con seguridad, urdiendo algún plan espantoso. Así las cosas, y no llegándonos la camisa al cuerpo, no se entiende que a las cadenas de televisión les haya dado, a todas, por emitir en “prime time” películas de género catastrófico, incluidas las de conflagración atómica y las de apocalipsis varios. Será por distraer, por animar.  

El arma del Juicio Final

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