Redención

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La tentación de abroncar, de poner el grito en el cielo contra algo o contra alguien, tira fuerte a la hora de ponerte a escribir sobre la actualidad. Realidad, iba a decir, como si una y otra fuesen lo mismo, cuando no lo son. La realidad diríamos que es (sin perder de vista a Zubiri, Husserl, Heidegger o Sartre) la cruda expresión del acontecer, y la actualidad su teatralización, es decir, la realidad es en sí y la actualidad es para sí. Hecha la distinción, me retomo en lo que me ocupa, la cuestión de la viva necesidad de dramatizar la realidad a fin de hacer pasar lo real por el civilizado tamiz de la actualidad para que parezca que uno es fruto de la otra, cuando no lo es, y como es así, de nada vale buscar culpables, lo que ocurre lo hace de la mano del ser real que somos y soportamos, y en esa tarea cabe pensar que hay en nuestros actos mucho de inocencia, porque no está claro que podamos hacerlo de otro modo, tampoco que esté en nuestras manos evitar ni aun aquello que sale de ellas. Se puede pensar que afirmo que el hombre es rehén de un suceder superior que lo suplanta e impele, al margen de su voluntad, en los actos de la existencia, y lo hago, pero sin apartarme de su propia naturaleza, de su ser en sí, de ahí ese horror y esa insuperable necesidad de atrincherarnos en la actualidad y desde ella pontificar que somos para sí.


No somos malos ni buenos, tampoco actuales, somos, sencillamente, reales.

Redención