Desistimiento

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En el infierno de Afganistán está enterrada la civilización, quizá mañana, la humanidad. No es un problema de dioses y hombres sino de hombres hechos dioses, hombres que se apoderan de ellos para el perverso fin de la denominación. Tan horrible, que hace palidecer a las más crueles ideologías porque no nace del pensamiento sino de lo profundo de las vísceras de sus protectores, seres ajenos a la razón que hacen rodar las pesadas ruedas del dogma sobre sus pueblos, moliendo sus cimientos en la razón, sus nobles aspiraciones, su imperiosa necesidad de alcanzar un mundo donde le sea permitido ser humanamente posibles.


Europa, el mundo civilizado, se ha apartado del concepto de humanidad y lo ha hecho con el perverso estribillo de la no ingerencia, del respeto hacia culturas y creencias, obviando la máxima de universal justicia que dicta que un solo hombre que sufra explotación merece la atención de la humanidad al completo, la disposición de lo humano en su conjunto, porque en ese hombre nos resumimos todos, todos somos él, y mientras no comprendamos esa natural dependencia y deber nada será posible sobre la faz de la tierra.


La fraternidad no es un canto alegre, sino un grave compromiso. Antes que la libertad está la defensa del hombre, porque sin ella no hay libertad.


Hemos debatido sobre la libertad hasta desnaturalizarla, por eso hoy el peligro no es que no sepamos defenderla, sino que no sabemos diferenciarla.

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