¡Que el país funcione!

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Los lectores veteranos recuerdan aquel eslogan “Por el cambio” con el que el PSOE cautivó en 1982 a los españoles que le dieron la mayor cosecha de votos de la democracia. Cuando un periodista preguntó a Felipe González “en qué consiste el cambio”, el líder socialista lo explicó perfectamente: “que el país funcione”

Eso quiere decir que todo el entramado del Estado debe cumplir con su función de prestar el servicio adecuado al ciudadano para mejorar su calidad de vida. Desde el Congreso y el Senado, el gobierno y la oposición, la educación, la sanidad, la justicia, los transportes, los servicios sociales y demás instituciones, hasta las empresas privadas que dan servicios esenciales, como las eléctricas, la telefonía y la banca.

Pero últimamente todo está “manga por hombro” y el ciudadano se encuentra cada día más desatendido, tanto por las administraciones públicas, como por las grandes empresas privadas.

Si usted quiere hacer un trámite en una dependencia administrativa, por ejemplo en la Seguridad Social y en los servicios sociales, o si necesita información o reclamar ante una compañía eléctrica o un banco, ha de armarse de paciencia y estar dispuesto a ir rebotado de teléfono en teléfono, que se corte la llamada y volver al punto de partida.

También ocurre en Galicia. Si quiere entregar en la dirección de Consumo una protesta contra alguna de estas empresas o contra el mal servicio de la Xunta, después de hacer varias llamadas le remiten al Registro donde le darán cita a ocho días vista y al final le informan que las llamadas son de pago

Antes éramos atendidos por una persona con rostro amable y ahora la nueva normalidad administrativa es escudarse en la pandemia para reemplazar la asistencia presencial por el modelo telefónico o telemático para darnos la “cita previa”. Una voz enlatada es la que nos va mareando de negociado en negociado hasta límites nunca alcanzados, tanto en la administración pública, como en la empresa privada.

Es la nueva forma de desatención que el dibujante Malagón expresa en una viñeta en la que tres trabajadores de una empresa atienden telefónicamente a los clientes y uno de ellos contesta a su interlocutor: “Está llamando a atención al cliente, ¿en qué le puedo marear?”. Es un retrato real del mal trato a los administrados, atrapados y dependientes.

Lo cierto es que tanto en las dependencias públicas, como las compañías privadas que se enriquecen “vendiendo” servicios esenciales, se atiende mal al ciudadano indefenso y vulnerable, que es el que paga el tinglado privado y mantiene la burocracia pública, que el Gobierno va aumentar con la convocatoria de 30.000 plazas, más ventanillas para seguir mareándonos. Así no funciona el país.

¡Que el país funcione!