El ridículo y el desdén

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No es de recibo el desdén con el que el Presidente de los EEUU trató a Pedro Sánchez a lo largo de los escasos cuarenta o cincuenta segundos caminando por un pasillo en la sede la OTAN en Bruselas, mientras el Presidente del Gobierno español intentaba tener una conversación con el mandatario americano.

Es probable que Joe Biden, que es un experto en política internacional tuviera en mente la composición política de nuestro Gobierno -ministros comunistas y de Podemos partidarios irreductibles del régimen de Maduro en Venezuela, país sancionado por EEUU por su desprecio a los Derechos Humanos-, pero, aunque así fuera, el respeto a lo que representa España, hace incomprensible semejante actitud.

Cosa bien distinta es el papelón desempeñado por Pedro Sánchez en este episodio. Patético en cuestión de fondo y ridículo en orden a la forma de comportarse. Todos hemos podido ver en la televisión que Sánchez se aproximó a un Biden que en ningún momento hizo ademán de detenerse para escuchar la perorata de quien según explicó después en rueda de prensa le dio tiempo para hablar de los lazos militares entre los dos países, de la situación en Hispanoamérica, de una agenda progresista supuestamente compartida y también del cambio climático ¡Todo en menos de un minuto¡, caminando y mascarilla mediante.

El contacto en el pasillo podrían haber quedado en nada y nadie le habría dado mayor importancia de no ser porque desde tiempo atrás la factoría de propaganda que dirige Iván Redondo desde La Moncloa venía filtrando a través de los medios afines que se iba a producir el encuentro que no fue. Al tratar Sánchez con sus explicaciones de justificar lo que no fue-por imposible en 50 segundos- entró en un terreno muy peligroso para los políticos: el terreno del ridículo. A título personal Pedro Sánchez que tienWe comportamientos de nuevo rico, como si estuviera necesitado de un reconocimiento constante de méritos, quizá pueda asumir el ridículo. Pero como Presidente del Gobierno de España no puede dar pie a episodios que abochornan a cualquier ciudadano adulto.

El ridículo y el desdén