Tres años que nos lo han cambiado todo

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¿Pueden tres años cambiar radicalmente nuestras vidas, significar un giro copernicano, producir un avance y a la vez un retroceso en la Historia de un país? Pueden, por supuesto: ya John Reed escribió con acierto lo de los ‘diez días que cambiaron el mundo’, hablando de la revolución rusa. Y, quedándonos en casa, Adolfo Suárez dio la vuelta al Estado franquista como un calcetín en apenas once meses. Y es lo que nuevamente ha ocurrido en España desde que, este martes hace exactamente tres años, se produjo la moción de censura contra Mariano Rajoy y el comienzo de la gobernación de Pedro Sánchez. La gran pregunta es si en estos mil días los españoles hemos podido asimilar todo lo que nos ha ocurrido.


Nada es como era aquel día de junio de 2018 en el que, mal que bien, aún vivíamos acordes con un pasado, con unas costumbres, con aquel ‘espíritu del 78’ que ya ha saltado en pedazos para inaugurar una tercera Transición. Uno, como periodista que cotidianamente ha tratado de reflejar lo que iba sucediendo, ha de reconocer su dificultad para aprehender tantos cambios simultáneos en tantos órdenes y para poder analizarlos con una cierta profundidad.


No es mi propósito hacer un recuento de las mudanzas propiciadas desde una coalición inédita en nuestro país, impulsada por algún político que, como Pablo Iglesias, tampoco tenía demasiados precedentes. Hoy, tanto Iglesias como quien ejerció la presidencia del Gobierno hasta ese junio de hace un trienio, es decir, Mariano Rajoy, y quien, de no haber errado tanto, podría haber ejercido la vicepresidencia, es decir, Albert Rivera, han abandonado la política. Las formaciones ‘emergentes’ en 2014, es decir, Ciudadanos y Podemos, se debaten internamente en busca de un futuro más estable; la derecha, azuzada desde el extremismo de Vox, y la izquierda, con un PSOE desdibujado y sometido a tensiones históricas, se interrogan acerca del camino a seguir. Y las instituciones, incluyendo la que encarna la forma del Estado, tienen la sensación de vivir momentos de crisis: ¿retornará al país quien fuera jefe del Estado durante casi cuarenta años?.


España se apresta a retornar a una cauta normalidad tras un año y varios meses de pandemia, pero no sale, ni parece pretenderlo, de la profunda anormalidad política que se instaló hace seis años y se agravó y enrareció aún más desde hace tres.


Hemos perdido los hábitos parlamentarios, la fe en la Justicia, la seguridad jurídica y se atenúa la separación de poderes, mientras la llamada ‘crisis catalana’ se acentúa y, de paso, acentúa las contradicciones en la sociedad española, como bien lo demuestra la polémica sobre los indultos.


Un comentario meramente nostálgico, mirando hacia atrás sin demasiada ira, solo puede reclamar que nuestros representantes hagan un alto en el camino, reflexionen sobre el rumbo a tomar, tomen el pulso de la sociedad, que me temo que está bastante alterado.


Los aniversarios sirven para eso: para repasar el trecho recorrido en este tiempo. Dicen que las democracias deben ser aburridas: llevamos demasiados años en los que nos ocurre todo lo contrario.

Siento decirlo, pero no puedo sostener, aunque mucho me gustaría, que la mayor parte de lo que nos ha pasado haya sido positivo. Más bien ha sido un desastre que ahora hay que frenar como sea.

Tres años que nos lo han cambiado todo