Las malditas pasiones y prisiones mundanas (y II)

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Ojalá aprendamos la lección y sepamos dilucidar el cambio de época. Lo primero a considerar, en nuestro transitar por la vida, es que únicamente el bien que hayamos hecho, es el que nos imprime esa satisfacción interior que nos pone alas, pues aquel que no posee el don de entusiasmarse por sí mismo ya está muerto. Tampoco es el culto al cuerpo el que nos maravilla, porque sus ojos son interesados. En realidad es el aliento del alma, el que nos regenera, porque es aquello por lo que vivimos, sentimos y pensamos. Sea como fuere, está visto que aún no hemos aprendido a cuidarnos como linaje ni tampoco a custodiar nuestro entorno. Esto es grave, muy grave, gravísimo. Lo mundano nos ha despojado de los cultivos en valor. Resulta tan fuerte la doctrina impuesta por los dominadores, que nos hemos situado en el territorio de la confusión y en la mayor incultura, por muy titulados que nos veamos.


Considero que nos falta arraigo y lucha para transformar esta barbarie de oscurantismo, en otro claro paisaje más solidario y auténtico. Sin duda, tenemos que tomar otras atmósferas más acogedoras de luz y recogedoras de vidas truncadas. Es cierto que el derecho de toda persona a no ser sometida a opresión ni a despotismo está enjuiciado en el derecho internacional como norma inderrogable, sin embargo hay millones de personas, despojadas de su independencia y obligadas a vivir en condiciones de crueldad y salvajismo. Así, nuestro interior no se puede recrear en lo creado, y menos volverse poesía, para abrazar los caminos de lo auténtico.


Hoy como ayer, en la raíz de este nefasto mundo de las pasiones y de las prisiones mundanas, se halla una concepción de humanidad sometida al mercado, y como tal, a ser tratada como un mero objeto de deseo. Cuando ese espíritu corrupto gobierna por todos los pedestales, hay que reconocer que la fuerza del engaño es poderosa, más en un momento en el que se han trastocado todas las trascendencias, pero quizás nos venga bien para repensar. Indudablemente, es el instante preciso y precioso de despertar, de buscar una alternativa a estas luchas absurdas entre semejantes. Entiendo, por tanto, que nuestra mejor reinserción social requiere de un esfuerzo anímico conjunto. 


Mostrarse indiferente ante los problemas de nuestro tiempo es otra necedad más. Se nos requiere a todos, sin excepción alguna, a cooperar. Si para luchar contra la desigualdad, el titular de la ONU, propone “un impuesto solidario” a quienes se han beneficiado de la pandemia; también sería bueno retomar otra poética de vida con sabor a concordia; que nos permita conocernos y reconocernos más allá de las barreras de la geografía y del espacio. Entenderse y atenderse es lo que nos une y nos hace iguales. Toca, entonces, practicar el desvivirse por vivir en colaboración habitual; como directiva mística que nos concierne en conciencia, asumiendo el cultivo del diálogo como lenguaje y asombrándonos bajo la siembra de la verdad, que ilumina el horizonte de esperanza. Vuelva la irradiación soñadora a nosotros.


Las malditas pasiones y prisiones mundanas (y II)